Opinion · Punto y seguido

Topless político y feminismo

El 4 de abril fue declarado por las Femen el “Día Internacional de la Yihad topless”, en solidaridad con Amina Tyler, la joven tunecina que subió al Facebook las fotos de su torso desnudo en el que había escrito «Mi cuerpo me pertenece y no es la fuente de honor de nadie». Fue amenazada de muerte por un clérigo, quien se había fijado más en el cuerpo de la chica que en la frase bomba. No debe temer un efecto de contagio. En el propio “occidente cristiano”, de las cerca de 300 activistas del grupo, solo 20 aparecen en topless. Aquí tampoco se les oye, ni se les lee; toda la atención de los mirones se centra en sus pechos. El oriente y el occidente comparten, felizmente, la cultura sexista.

Para Martha Zein, la narradora de imágenes, escribirse mensajes en el cuerpo es una estrategia contrasexual, una autoinmolación incruenta que convierte al cuerpo en un lienzo, a las letras en herida, y a los espectadores en cómplices de los castigos que va a recibir. A no ser que se levanten de la silla y actúen.

Esta iniciativa fue duramente criticada por varios sectores:

1. Por las autoridades tunecinas que les acusaron de incitar a la inmoralidad y al libertinaje y de difamar la religión.

2. Por los extremistas religiosos y sus aliados occidentales pero “anti-occidente” que, mientras defendían a Krahe –acusado de cocinar un crucifijo-, calificaban de “islamofobia” cualquier crítica a esta religión, copiando la actitud de los que acusan de antisemita a quien se atreva a hablar del vuelo de las moscas en el cielo de Israel.

3. Por los “liberales” seculares, que consideran que se pone en peligro la lucha por la igualdad de la mujer con tal «provocación» a los fanáticos.

4. Por  las “feministas” religiosas, quienes equiparan la desnudez de la mujer con ser un objeto sexual. ¿Acaso un hombre que pide la mano (¡al padre!) de una chica tapada, no la reduce sólo a una esposa con garantía de fidelidad sexual? ¿O es que puede detectar sus inquietudes, gustos, deseos y sueños, ocultados con un velo material u otros virtuales que le impiden hasta hablar con ella?. Las mujeres ultratapadas de Arabia Saudí se visten con las lencerías más atrevidas que se pueda imaginar. ¿No son ellas “mujer-objeto”?

5. Por los dueños de la mentalidad tribal: “han copiado métodos del feminismo colonial”. Una acusación pobre que mezcla las conquistas sociales del Primer Mundo con los atropellos de sus gobiernos. Además de insensatos, tergiversan la historia, al no reconocer, por ejemplo, que fueron los colonialistas británicos quienes prohibieron la terrible tradición de Satí (viudas a la hoguera) en India. Esto no convierte en bondades las atrocidades que cometieron allá.

6. Por los defensores de la “relatividad cultural” que, desde un racismo oculto y un complejo de superioridad, incluso aplauden la ablación (diario Página 12, 30 de marzo de 2013). Pronto convertirán en patrimonio cultural de la humanidad la lapidación o morir carbonizado en la silla eléctrica. La civilización humana, al igual que su raza, es una: la suma del esfuerzo de cada uno de los pueblos que la compone.

Preocupación legítima

La preocupación de las mujeres de las “primaveras árabes” es legítima: la nueva Constitución tunecina deshace la igualdad entre el hombre y la mujer, reconocida desde 1950, y las convierte a ellas en seres  «complementarios» de los hombres, como las patatas fritas para un plato de arroz con caviar. En Egipto, la bloguera Alia al-Mahdi, publicó en 2011 sus fotos eróticas en Internet, vestida sólo con medias negras y zapatos rojos, para fastidiar al extremismo religioso –decía- que, con su paso arrollador, primero aplastaba a las mujeres para luego destrozar la revolución. Y ya hay una iraní que ha hecho lo mismo, demostrando que el método Femen tiene fans entre las chicas nacidas musulmanas.

Hace décadas que las mujeres utilizan sus cuerpos, como otro «espacio» de visibilidad de realidades no integradas, para criticar el orden dominante. En 1848, Zarrin Tay, pionera del movimiento feminista iraní, se quitó el velo tras irrumpir en un recital de poesía (masculina) para leer sus poemas. A ojos de los oscurantistas se había desnudado por completo. Propuso la supresión del velo obligatorio como el primer paso para la emancipación de la mujer. Y también la del hombre. La mandaron matar. Tenía 35 años. Casi un siglo después, Irán, a manos de Reza Pahlevi, fue el primer país que prohibía el velo en espacios públicos. Un capitalismo liberal les explotaba, pero también suavizaba la brutal opresión de los señores feudales y el clérigo.

Los islamistas y los antiislámicos centran sus miradas en el ropaje de la mujer. A ninguno le importa que millones de ellas, en Egipto, se desvivan por el hambre que pasan sus hijos.

Es paradójico que el discurso machista, que quiere a las mujeres sexys, rubias y eternamente jóvenes y presenta a las feministas como chicas feas y frustradas y/o lesbianas que buscan la extinción del hombre, haya sido asimilado por las Femen: jóvenes, rubias, sexys, esbeltas y para nada tontas, aunque nadie las toma en serio. Sus formas y sus mensajes no llegan a los destinatarios –autoridades y afectadas-, por no tener en cuenta la complejidad y la sofisticación de todo un sistema de opresión que lleva miles de años implantado y ha sido santificado por poderes terrenales y divinos. ¡Ni miles de pechos al aire lo rasguñan!. Eso requiere un trabajo serio, profundo y amplio. Empujar a las chicas valientes a actos suicidas, como desnudarse en Arabia (¡también lo sería en el Ártico!), es mostrar una mirada mutilada de una dramática, dura y larguísima lucha por los derechos de la mujer. La magnitud de las manifestaciones en pro de la familia tradicional (es decir, patriarcal) en un país como Francia, lo dice todo. En el Norte y en el Sur se siguen regalando cochecitos rosas y muñecas-bebé a las niñas, y aviones de control remoto a sus hermanos.

Es más, ofender la religión de millones de personas –haciendo topless frente a una mezquita o en el Vaticano- es éticamente incorrecto y contraproducente políticamente. Otra cosa distinta sería organizar debates públicos sobre las raíces de la discriminación de la mujer y desenmascarar a los que en nombre de Dios cometen atrocidades.

Tu cuerpo no te pertenece

La acción de Amina y Alia, que, poniendo en peligro sus vidas, han golpeado los tabús que giran en torno al cuerpo de la mujer, es valiente y muestra el grado de opresión legal y legítima que sufren las activistas, que son agredidas y violadas incluso en plena calle o en las comisarías.

Ahora bien. “Mi cuerpo me pertenece” es otro de los lemas del capitalismo neoliberal y su apología de la propiedad privada frente a los sistemas político-económicos menos desarrollados -que no peores- en los que una mujer es propiedad privada de un hombre y todas juntas son la honra y la propiedad del colectivo masculino. Por mucho que ella muestre su cuerpo, no significa que sea dueña de él. Ella pertenece a los varones de la familia. Y a los de la comunidad.

El feminismo, como movimiento, tiene el propósito de eliminar la supremacía masculina. Para ello, debe tener una actitud de crítica constructiva, tanto frente a los que reducen la emancipación de la mujer a la gestión de su cuerpo, como ante aquellas creencias que justifican su inferioridad por “diferencias biológicas, con la venia de Dios” (el argumento preferido también de los racistas). Hay agrupaciones de mujeres que hasta se oponen, porque contradice los textos sagrados, a la Convención de 1979 de la ONU sobre la Eliminación de todas las Formas de Discriminación contra la Mujer.

Normas, valores sociales, ideas construidas durante siglos diferencian lo que puede elegir, sin coacción directa, una mujer yemení y una rusa. En Irán, por ejemplo, hoy la primera necesidad de las jóvenes solteras urbanas es la libertad de la vestimenta. Una vez que se casan, la sustituyen por el cambio en la ley de la familia, pensando en recuperar la “matria potestad”.

Ningún hombre ni mujer puede ser libre dentro del sistema capitalista, con sus variantes en el Sur y en el Norte. ¡Es como soñar con una economía de mercado equitativo y sostenible!