Opinion · Punto y seguido

Irán: ¡No al fundamentalismo, no a la guerra!

Alí Jamenei, el jefe del Estado, ha mostrado reflejos al dejar surgir de las urnas a Hassan Rohani. Su hombre favorito, Said Jalili, es un desconocido para el público, no iba a tener ninguna posibilidad y era demasiado complicado que lograse 20 millones de votos. Tuvo suerte de que Rohani, su leal representante en el Consejo Nacional de Seguridad –otro desconocido-, consiguiera el apoyo de los ex presidentes Hashemi Rafsenyani y Mohammamd Jatami, líderes de las facciones neoconservadora y reformista, ambas expulsadas del poder. A Rohani le colgaron la etiqueta de “reformista” y ha atraído a las urnas a una sociedad frustrada, aunque tan viva que se niega a perder la esperanza en una transición pacífica para salir de la actual situación.

La amenaza de la desobediencia civil y la abstención era tal que, por primera vez, Jamenei dejó de identificar la República Islámica (RI) con Irán, tocando la fibra nacionalista de la población; rogándole que, aun descontenta con su régimen, participara en las elecciones para dar imagen de unidad y salvar a su país del peligro de un ataque militar extranjero. Los continuos chantajes de Israel y EEUU y la promesa de Obama a Netanyahu de que tomaría la “decisión final” dependiendo de los resultados de las elecciones de Irán también influyeron en el comportamiento electoral de los ciudadanos.

Así, Jamenei volvió a legitimar su RI, mientras que los líderes del Movimiento Verde –Hosein Musavi, Zahra Rahnavard y el ayatolá Karrubi, en arresto domiciliario desde el 2011- se negaron a participar en el juego, al igual que la mitad de los electores de Teherán. Para Jamenei, la misión de Rohani –negociador en la cuestión nuclear con Occidente en los años 90- es la de aflojar las sanciones económicas,  la soga que ahoga Irán, y dar una salida honrosa al programa nuclear.

Es éste un extraño escenario en el que todos se presentan como ganadores, aunque, en realidad, se trata de un espejismo, porque el poder económico, militar, judicial y político sigue en manos de los de siempre. Si los ocho años del gobierno del reformista Jatami fueron un fracaso por la incompatibilidad entre la teocracia y la democracia (Irán: Verde, no de terciopelo), ¿cómo un Rohani moderado –que no reformista– podrá reducir el mandato divino del núcleo del poder y ejercer su poder popular cumpliendo sus promesas electorales? Las copias nunca han sido creíbles.

Además, a los Pasdarán –los Guardianes islámicos que mandan en Irán-, Rohani no les cae bien. El comandante Naghadi advirtió de que si un presidente no cumple con la religión (o sea, con el sistema), aun habiendo sido elegido por el pueblo, será destituido. Ya como advertencia, detuvieron a varios responsables de su campaña y hackearon su página web (rohani92.com)  junto a otra veintena de diarios digitales, entre ellos el izquierdista pyknet.net. 

Un malabarista político

Rohani tiene 65 años y está casado con una mujer de nombre desconocido y sin actividades político-sociales (no será primera dama), con la que tiene cuatro hijos. Este clérigo doctor en Derecho es un audaz conservador no extremista y aunque en su agenda ha incluido sólo una pequeña parte de las preocupaciones de la ciudadanía, su triunfo no deja de ser la manifestación del NO al fundamentalismo, la corrupción, la incompetencia, el belicismo y el populismo barato. Rohani promete restaurar los derechos de la ciudadanía y la igualdad de todos los iraníes ante una ley infringida hasta hoy, según ha dicho él mismo en referencia a la discriminación de las mujeres y las minorías étnicas y religiosas. Jura liberar a los presos políticos –y se espera que los primeros sean los líderes del Movimiento Verde-, reducir el peso de las incómodas patrullas de la moral, poner fin al clima de inseguridad y al clientelismo, crear un Ministerio de la mujer, animar el crecimiento económico, acabar con el paro, contener la inflación del 40% actual y la pobreza, reducir el peso del Estado y apoyar a los inversores, aunque, paradójicamente, considera inviable una sanidad gratuita y universal en el segundo país más ricos en gas y petróleo del planeta. Así que, obviamente, la posibilidad de realizar reformas sin las libertades políticas y sociales –de las que él no ha hablado-, es cero.
Distensión en la cuestión nuclear

Alcanzar un acuerdo con EEUU y poner fin al aislamiento internacional de Irán será el principal cometido de Rohani, el cual, durante 16 años como negociador con Occidente, suspendió el enriquecimiento de uranio entre 2003 y 2005 como gesto de buena voluntad. Sin embargo, que George Bush desperdiciara esta oportunidad y no ofreciera ninguna contrapartida creó tal desconfianza en la élite político-militar de la RI hacia las verdaderas intenciones de EEUU que se tachó al propio Rohani de traidor por poner en peligro la seguridad del país. Asimismo, se le ha echado en la cara la frase atribuida a Tony Blair de que “La rendición de Irán era el fruto de la ocupación de Irak”. Dos miembros de su equipo negociador  en 2007 aún están en busca y captura, acusados de servir a los americanos. Estos círculos acusadores son los que creen que el pretexto del uso de las armas químicas por parte de Bashar al Assad para intervenir en Siria es, en realidad, un paso para ir a por Irán. Su ecuación en este sentido es sencilla: Irak y Libia fueron invadidos porque están indefensos, pero nadie se atreve a tocar un pelo a Corea del Norte.

Aunque Rohani promete cambiar la posición inútil del actual negociador Jalili de “resistir ante los occidentales colonialistas”, advierte ya de los límites de su poder: el asunto nuclear depende de nezam (el sistema, o sea, del Ayatola Jamenei) y no del presidente. Con Rohani, por tanto, Obama respira algo más tranquilo, ya que podrá seguir negociando en un diálogo de sordos donde las partes no respetan el equilibro entre lo que se pide y lo que se ofrece, pero que le permitirá dar mayores largas a Netanyahu, a los neocon y a sus prisas para agredir a Irán.

Está claro, pues, que se trata de un matrimonio de tres, porque Israel impedirá cualquier acercamiento entre EEUU e Irán al pretender que se mantenga su hegemonía en la región a costa de unos Estados Unidos muy deteriorados en la zona. Al final, los sectores belicistas en los tres países pueden empujar a Oriente Próximo y al mundo hacia una catástrofe, a pesar de que el último informe de la inteligencia estadounidense, fechado en marzo del 2013, sostiene que Irán no tiene capacidad necesaria para producir armas nucleares. Es imprescindible, por tanto, que Washington abandone el método cowboy de hacer política y aprenda de diplomacia. Obama perdió la oportunidad que Irán  -con la mediación de Lula Da Silva- le ofreció en el mayo de 2010, cuando aceptó la condición de recibir el combustible nuclear de fuera como garantía del control sobre sus intenciones. ¿No se da cuenta el presidente de EEUU de que ejercer más dureza sobre Irán significa animarle a hacerse con la maldita bomba?  La táctica de imponer sanciones mortales –cuyo objetivo es agobiar a la población para que presione al Gobierno-, no funcionó ni en el Irak de Sadam Hussein e Irán ya se prepara para gestionar más castigos económicos, como el racionamiento de productos esenciales.

De momento, Obama y Jamenei siguen con la política del ni guerra ni paz, aunque la negativa del presidente de EEUU a lanzar una acción militar contra Siria –a pesar de “cruzar la línea roja” con el supuesto uso de armas químicas- se debe, en parte, a que la opinión pública de su país le permite una guerra más, pero contra Irán y no contra Siria, en donde EEUU carece de intereses vitales. En este escenario apasionante y temerario, Hassan Rohani representa el triunfo de un inocente y una ingenua esperanza.