Punto y seguido

Macron se viste de Napoleón

4 de diciembre de 2021, Arabia Saudí, Jeddah: el príncipe heredero saudí Mohammed bin Salman Al Saud (izq.) se despide del presidente francés Emmanuel Macron después de su reunión en el Palacio Real de Alsalam.- Europa Press / Agencia de Prensa Saudita

Decía Marx que los grandes personajes de la historia aparecen dos veces: una vez como una gran tragedia y la otra como una miserable farsa. Y en cuanto a la segunda vez, se refería a Luis Bonaparte, el compatriota del actual inquilino de Eliseo, quien pretendía ser la caricatura de Napoleón, el padre del imperialismo francés, "el alma del mundo, el fin de la historia", según Hegel. ¿Cómo hubiera descrito el filósofo de los trabajadores a Macron, quien de mayor quiere ser como Le Petit Caporal, el mismo individuo que -entre otros crímenes contra los civiles- restableció la esclavitud en las colonias francesas y mandó a matar a decenas de miles de esclavos negros?

Las inquietantes visitas de Emmanuel Macron a Oriente Próximo desvelan sus peligrosas intenciones. Emocionado por el anuncio de la retirada de las tropas oficiales de EEUUU (sustituidas por decenas de miles de mercenarios-contratistas y equipamiento militar avanzado), el joven aventurero persigue en Oriente Próximo los siguientes objetivos:

- Declarar la (inexistente) independencia de Francia en relación con EEUU, sobre todo ahora que sus socios europeos vuelven a mostrar el tradicional servilismo hacia Biden y Washington, tras la marcha de un impertinente Trump que les repudiaba.

- Recuperar las antiguas colonias francesas y conquistar nuevos territorios.

- Presentar a Francia como la alternativa de EEUU, ahora que Asia, África y América Latina recurren a China y Rusia en busca de ayuda y cooperación.

- Contener el avance de China e impedir el fortalecimiento del poder de Rusia.

- Fortalecer su poder personal en la Unión Europa, tras la jubilación de Angela Merkel.

- Convertir la política exterior "exitosa" francesa en una baza para ganar las elecciones de abril de 2022. Millones de franceses de clase media han sido arrasados en nombre de la Covid-19 mientras los 40 multimillonarios parisinos han incrementado su fortuna. Macron ha recortado los programas de asistencia social, ha llevado al desempleo real al 50% de la población activa, ha utilizado el drama de los migrantes, que huyen de sus hogares también para salvarse de las bombas francesas, con el fin de atraer la simpatía de la base social de la extremaderecha. La política exterior no solo es una continuidad de la política interior, sino también una distracción para la población, a la que quiere unir en torno a una gran causa suprema.

- Revitalizar la "francofonía" por el mundo. El francés que antaño fue la lengua de cultura ha perdido su trono en favor de mandarín y el castellano.

Y de cómo nuestro aspirante a emperador pretende conseguir estos fines en Oriente Próximo (relevante por dos motivos: sus inmensos recursos naturales y la imponente presencia de China y Rusia), se le ha ocurrido una idea: "crear equilibrio entre las potencias de la región", a saber, Irán, Israel, el conjunto de los países árabes y Turquía -todas dictaduras capitalistas además de religiosas-, en vez del método estadounidense de eliminar a unas en favor de otras. Por lo que profundizar lazos con los jeques árabes es la clave para que París pueda reducir a los tres Estados molestos: Israel, Turquía e Irán, mientras provoca tensiones entre todos.

Primer escenario: Líbano

"El corazón del pueblo francés todavía late al pulso de Beirut", dijo Macron con añoranza de "le Liban français", cuando aterrizó en la Tierra de Montañas Blancas (eso significa "Líbano") como ángel salvador cuando una explosión en el puerto de Beirut mató a cerca de 200 personas y destruyó parte de la ciudad. Recaudó 370 millones de dólares para el Líbano (que irían directamente a los bolsillos de los políticos corruptos del país). Luego, negó el derecho de los políticos y el pueblo libanés de decidir su destino y les amenazó: si no ponían en marcha sus directrices les iban a caer sanciones como la lluvia de primavera y les convertiría en estatuas de sal. Por algo aún luce en el Palais des Pins, la residencia oficial del embajador francés en Beirut, el gran retrato del general Gouraud, el artífice del colonialismo francés sobre el Líbano, allá en 1921, y sin que los políticos libaneses exijan su retirada.

Líbano es otro escenario del pulso entre Israel, Arabia Saudí, Qatar, Turquía e Irán, donde Francia desea que los chiitas e Irán hagan de contrapeso a Israel y a Turquía, a la que reprochó, atención, ¡sus injerencias en los asuntos de un país soberano!

El apoyo francés a Hezbolá irrita a Arabia y EAU: Macron no pide su desarme (¡no podrá sin antes provocar otra guerra "civil"!), por lo que han congelado sus inversiones en el país mientras el Partido de Dios, fundado por ayatolá Jomeini, sigue en el poder. El presidente amonestó personalmente a los reyes saudíes que habían secuestrado a primer ministro libanés Saad Hariri, en 2017, por crear una coalición de gobierno con el partido chiita. Por algo, su líder, Hassan Nasrallah, está encantado con el presidente francés.

Aun así, ni Macron conseguirá resucitar este Estado Fallido, víctima de las familias mafiosas gobernantes, vinculadas todas con las élites de los países extranjeros de infames intereses que han hundido a la nación en una brutal pobreza y desesperación.

Segundo escenario: Golfo Pérsico

Fortalecer a los sunnitas frente a las "políticas expansionistas de los chiitas" está en el centro de las políticas de Macron en una región a la que la prensa francesa ha eliminado el nombre "Persa" del golfo que lleva su nombre, para complacer a los generosos jeques.

Sin complejos y sin ruborizarse, el 2 de diciembre el presidente viajó a Arabia Saudí para apretar la mano del príncipe Mohammed ben Salman, siendo el primer líder occidental en pisar el suelo saudí tras el crimen del periodista Jamal Khashoggi. Aquí su misión ha sido:

- Rescatar al repudiado príncipe destripador, con quien Joe Biden se ha negado a tener un trato directo y le busca un recambio, y apuntalar su dictadura a cambio de miles de millones de petrodólares.

- Firmar más contratos de armas, ahora que EEUU ha anunciado la retirada de los sistemas de misiles Patriot y limitar las ventas de armas a los saudíes.

- Hacer de mediador en las disputas entre Arabia, Qatar y EAU, que no viven sus mejores momentos.

- Firmar un comunicado conjunto acusando a Irán de desestabilizar la zona e impedir la paz en Yemen.

En cuanto a EAU:

- En septiembre, Macron recibió en París a su jeque favorito, el caudillo de los Príncipes de Tinieblas de la región Mohammed bin Zayed, dirigente de los EAU, que aloja la única base militar de Francia en el Golfo Pérsico, y compra el 80% de su equipo militar y armas de Francia. También representan casi la mitad de las inversiones árabes directas en Francia, cuya guinda ha sido la restauración del Teatro Imperial francés, que costó unos 10 millones de euros para poner su sello: se llamará "Teatro de Sheikh Jalifa bin Zayed Al Nahyan": no se sorprendan, Macron no es islamófobo es aporófobo: odia a los migrantes pobres mientras extiende la alfombra roja ante la élite criminal, corrupta y fanático árabe, responsable de la huida de millones de personas de Libia, Siria, Yemen o Irak.

- Consolidar la "asociación estratégica" entre ambos países, ahora que EEUU obliga a EAU a elegir entre los cazabombarderos F-35 de 5ªG y la 5G chino.

- Vengarse del "Pacto Agus", entre Australia y EEUU por arrebatarle unos 66.000 millones dólares en el negocio de submarinos con el "Pacto Rafal": acaba de vender 80 aviones de combate Rafale por un valor de 16.000 millones de euros, siendo el contrato de exportación de armas francés más grande de la historia. Poco importa que puedan ser usados en Yemen o Libia contra la población civil.

- Como parte del uso del poder blanco, Francia ha inaugurado el Louvre Abu Dhabi, cobrando 1,2 mil millones de dólares.

Sacar dinero a los jeques árabes, sobre todo con la venta de armas, cumple con los propósitos de Macron: conseguir dinero para construir una Francia poderosa, mantener la inestabilidad en la región y así poder gobernar a largo plazo. Es justo por este motivo que el líder francés no ha puesto fin a ninguna de las guerras de sus antecesores: sigue en Siria, Mali (contra China), Libia, Yemen e Irak.

Tercer escenario: Irak

Si Francia está ubicada en el continente europeo, ¿qué hacía Emmanuel Macron presidiendo la "Conferencia de los Vecinos de Irak", celebrada en agosto? Pues oficializar el regreso del Francia a este país, excolonia inglesa y la actual colonia de EEUU e Irán. El reencuentro de los jefes reaccionarios de esta zona (al- Sisi, los jeques árabes, los ayatolás de Irán, el rey Abdullah II) y encima precedido un país como Francia no es ninguna buena noticia para el sufrido pueblo iraquí.

Macron, que ha visitado Irak dos veces desde 2020, no pretende ocupar el lugar de EEUU, sino utilizar el país como un trampolín para asaltar al resto de Oriente Próximo, algo difícil ya que, al contrario del Líbano, en Irak no tiene "hombres" afines. Aunque la petrolera Total ha firmado un acuerdo con Bagdad por el valor de 27.000 millones de dólares y otra inversión de 17.000 millones programada para los próximos años en la infraestructura, los megaproyectos franceses han tenido que suspenderse debido a la inestabilidad política del país. El líder francés sueña con cientos de contratos de reconstrucción para las empresas francesas en los países que ha contribuido a destruir, entre ellos Irak: en la película El chico de Chaplin, su hijo arroja piedras a los cristales del vecindario para que él se ofreciera a recambiarlos.

Con la idea de "equilibrio" en la mente, Macron condenó el asesinato del comandante Soleimani por Trump, puesto que considera a las fuerzas de Irán una fuerza proxy para impedir el dominio del país por Israel y Turquía, que controlan nada menos que el Kurdistán iraquí -que alberga el 40% del petróleo de este país, siendo la segunda reserva del Oro Negro del planeta-. El presidente francés fue el primer jefe occidental en comunicarse directamente con Ayatolá Raisi, presidente de la teocracia de Irán, que reconoce -y "a mucha honra"- haber mandado al paredón a miles de presos de conciencia. París siempre ha tenido buenas relaciones con la extremaderecha islámica. Fue el presidente Valéry Giscard d’Estain quien trasladó al ayatolá Jomeini de Irak a París, en medio de la revolución espontánea iraní, y tras las negociaciones pertinentes para instalar un Estado islámico anti-comunista y anti-soviético en Irán, le envió a Teherán en un Air France escoltado por las cazas francesas.

El gobierno de Raisi, que ve el mundo con la óptica de "estás conmigo o contra mí", ha protestado por el mega acuerdo de venta de armas francesas a EAU, acusándole de planear la desestabilización de la zona.

El presidente Macron cree que la única manera de conseguir una influencia en Irak es mantener (e incrementar) una presencia militar. Ha anunciado que sus 800 soldados (y miles de mercenarios) permanecerán en Irak, para seguir luchando contra ISIS que -muy oportuno- reaparece y ataca en Kurdistán: Francia es otro de los bomberos pirómanos creadores del Yihadismo, que ha hecho su agosto -económica y militarmente- con la estafa de la Guerra contra el Terrorismo Islámico. Desde Irak, Francia busca una carta a jugar y poder presionar a su principal bestia negra: Turquía, socio de la OTAN, cuyo presidente, Tayyeb Erdogan, le está amargando la vida en Libia, Siria, Líbano y el Mediterráneo Oriental. Tomen asiento y observen el dantesco espectáculo del pulso entre dos estúpidos y miopes imperialismos.