Opinion · Punto y seguido

En los Emiratos teocráticos de España

“Como Dios manda” es más que una de las expresiones favoritas del presidente del gobierno español. Parece ser el molde con el que elaboran las nuevas leyes (sacadas de las noches de los tiempos) o la inspiración para quienes, desde Madrid hasta Ceuta, se dan el derecho de establecer normas de comportamiento de los ciudadanos, confundidos con súbditos y fieles.

Que la religión, ese “suspiro de la criatura agobiada como decía Marx, y la manipulación de la espiritualidad de los creyentes hayan sido herramientas en manos de unos cuantos para someter a otros, no es ningún secreto. Lo novedoso reside en que sus actuales usuarios menosprecian el nivel de la inteligencia de su público, ahorrándose el esfuerzo de disfrazar su mensaje tétrico en discursos atractivos.

El control sobre la sexualidad de las personas, en especial las mujeres, es uno de los tres pilares de las religiones abrahámicas: el Judaísmo, el Cristianismo y el Islam. Las otros dos son la santidad de la propiedad de los agraciados con la fortuna (aunque luego les sea más difícil –que no imposible- entrar en el cielo antes que un camello por el ojo….), y afianzar la opresión sobre  la mujer.

Contra “mujeres sin hombres”

“La falta de varón no es un problema médico“, decía la  ministra Ana Mato, impidiendo el acceso a los tratamientos de reproducción asistida por la sanidad pública a aquellas mujeres que no tienen a un hombre a su lado. Si bien el tono recuerda a la de “No te acostarás con varón como los que se acuestan con mujer” (Levítico, 18:22) -cosa del acecho de la subconsciencia, quizás-, su contenido anuncia una regresión a los tiempos bíblicos, cuando el amor y el deseo libre dejaban su lugar a las uniones acordadas y forzosas entre varón y hembra, con los únicos objetivos de mantener bajo el control la sexualidad de los integrantes del grupo, asegurar su pervivencia y proteger su patrimonio vía normas sobre el matrimonio de las mujeres y la herencia.

Esta ley es una forma encubierta de perseguir a las mujeres solteras y las lesbianas (de nuevo la sexualización de la homosexualidad), forzándolas a mantener relaciones sexuales no deseadas con un “varón” para tener hijos, desechando las conquistas científicas. Es la misma mirada que en la cultura islámica considera pecado que una mujer se mantenga virgen, puesto que ha nacido esencialmente para servir de quietud a los hombres  (Corán 30:21).

Las relaciones homosexuales masculinas fueron prohibidas por las religiones surgidas en los desiertos de Oriente Próximo, donde muchas niñas y mujeres morían de hambre, en el parto, en los raptos y en las guerras. La escasez de “hembras” aumentaba el valor de los espermatozoides, así como el precio que los padres cobraban por entregar en matrimonio a su hija. De allí que no habían “mujeres solas” (salvo a las que prostituían para el disfrute del colectivo masculino), ni mucho menos autónomas. Aun así y en esta zona del planeta, las relaciones entre las personas del mismo sexo forma parte de su mitología (Gilgamesh con Enkido), su literatura y su vida cotidiana, a pesar de los sermones y los duros castigos que las leyes les imponían y les imponen. La figura “saghi”, el copero de belleza efébica de las tabernas, presente en la poesía persa, turca y árabe, da testimonio de ello.

¿Cómo se puede afrontar los desafíos de hoy con las instrucciones de anteayer? Credos, que nacieron hace demasiados siglos en los rincones menos desarrollados de Oriente Próximo para dirigir a comunidades concretas, y que por ende, carecen de naturaleza eterna y universalista (su infierno de fuego sería un paraíso para los esquimales), hoy aparecen con nuevos disfraces, anunciando los privilegios de unos pueblos, unas clases, y un género, “escogidos por Dios”, desguazando lo que ha sido uno de los principales logros sociales del ser humano: declarar la igualdad de todos y todas ante la ley, cualquier ley.

Malos tratos: los brutos y los de diseño

Por la decisión de la misma ministra las mujeres maltratadas que han estado menos de un día en el hospital no entrarán en las estadísticas de las víctimas de violencia machista. ¿Es por recibir palizas dentro de la “normalidad”? En efecto, en dichas religiones no existe el concepto de mujer maltratada. Es más, los “varones” deben de corregirle si ella se desvía del camino recto de la obediencia, fidelidad y servidumbre. De hecho, el nacionalcatolicismo, al igual que las leyes actuales de la mayoría de los países musulmanes, consideraba atenuante el femicidio por honor.

Esta medida reduce por un lado las cifras de las víctimas del “terrorismo doméstico”. Por otro, encubre a los agresores y minimiza el drama que cientos de miles de mujeres y sus hijos viven el terror a diario.

Las estadísticas del gobierno tampoco incluyen a otros dos grupos de mujeres maltratadas: las que no acuden a las urgencias y ni siquiera cuentan su dolor a los familiares cercanos por la humillación que supone dejarse pegar por un individuo y seguir en su lecho por temor a reproches, a más palizas, y a no tener dónde ir. Sobre todo ahora que han cerrado decenas de centros y casas de acogida, bajo el pretexto de “los recortes”; y las que han recibido un maltrato de “ingeniería”, o sea, patadas y bofetadas sin dejar huella del crimen como aconsejaba un predicador a los hombres (Ver “La letal varita del imam de Fuengirola”).

 

El imán y la apología de la fealdad

La guinda del regreso a la Edad Media la pone Malik Ibn Benaisa, quien no podrá demostrar el versículo del Corán, donde Dios habla de tacones de aguja, de vaqueros, de cejas depiladas, o que prohíba a mujeres llevar perfume, ni nada de lo que se pueda extraer tal interpretación. Es más, los textos sagrados del Islam insinúan un orden del mundo que en la actualidad es impensable en muchos países. Se narra que “una mujer fue a la casa del Profeta y la llenó de su penetrante perfume. Le contó que lo había intentado todo para atraer la atención de su esposo pero él no dejaba las oraciones para prestarle atención a ella. El Profeta le contó para que informara a su marido sobre la recompensa de la relación sexual”. Aquí, dos observaciones: que Mahoma no reprocha a la señora por llevar perfume, ni mucho menos le llama fornicadora, y dos, “confirma” que la atención de un hombre verdaderamente devoto no se desvía ni con una mujer empapada de colonia.

Si arreglarse y ponerse guapa es pecado, ¿por qué el propio Corán (56: 12-38) promete a los hombres huríes “coquetas” y “de ojos rasgados” en el Cielo?  Y por cierto, ¿cómo es que ellas allí no llevan el velo integral?

Las mujeres que desprendían dulces fragancias de la época de Mahoma no han sobrevivido a la ortodoxia religiosa. Las palabras de éste imán, que enfatizan aún más la estrechez de la mirada patriarcal sobre la mujer, su apariencia casta y sus formas “publicas” de seducción, ponen en evidencia además los graves problemas de una sexualidad pervertida e insatisfecha.

La opinión de esta persona no tendría mayor importancia si no fuera porque las autoridades españolas han otorgado poder a los imanes de las mezquitas, convirtiéndoles en interlocutores con los inmigrantes procedentes de países de fe musulmana. Si bien esta figura no es homologable a la de párrocos católicos, por otro lado es como si los gobiernos de Suiza o Francia de los años 1960 eligieran un sacerdote para contactar con la “comunidad cristiana” de españoles, italianos y otros.

Con esta política han subrayado la dimensión religiosa de los inmigrantes, quienes salen de su país en busca de una vida material mejor, y se les han empujado hacia las mezquitas dirigidas por semejantes personajes llegadas de las escuelas salafistas financiadas por los peligrosos jeques del Golfo Pérsico.

Las preocupaciones de los marroquíes, pakistaníes, senegaleses, etc., son tan mundanas como necesitar papeles, trabajo o  vivienda. ¿Por qué en España a las personas se les clasifica por su fe, algo tan privado?

¿Quiénes son los imanes?

El que preside, guía” es el significado de la palabra de Imán ( o Emam). Los imanes,  en el sunnismo, la corriente mayoritaria del Islam que carece de institución sacerdotal, no representan a ninguna autoridad religiosa, son simplemente la persona que dirige la oración colectiva delante de los fieles para coordinar sus movimientos rituales. Puede ser cualquier hombre del barrio respetado por su edad o por su religiosidad y devoción, aunque suelen ser designados por los dignatarios de la fe, y por lo tanto, representan determinados intereses.

La “exclusividad genérica” de este cargo es absoluta, salvo en las congregaciones femeninas. Existen casos excepcionales, como el de la doctora Amina Wadud, una musulmana estadounidense que fue la primera mujer en dirigir una oración mixta del viernes en Nueva York, en 2005.

Para los chiítas,  Emames es un título de uso exclusivo de los (siete o doce, dependiendo de la escuela) santos descendientes de Mahoma; el último, Emam Mahdi, desapareció en el siglo IX y algún día, creen, regresará junto a Jesucristo. Dotados de virtudes espirituales extraordinarias, los emames descifran los  mensajes ocultos del Corán, su dimensión alusiva y esotérica e interpretan sus textos. En su ausencia, serán los ulemas (sabios) quienes posean la facultad de innovar (bedat) en materia de teología y jurisprudencia y guiar a la comunidad. Ayatola Jomeini es la única persona (no santa) que ostenta el título honorífico de Emam.

Si la omnipresencia de la religión en la vida social distorsiona la  espiritualidad, mezclar la sexualidad con Dios, perturba el cuerpo y la mente. Por una sexualidad secular, la ética y la justa.