Carta con respuesta

En favor de Venus

Engancharse a Internet tiene sus peligros y uno de ellos es la pornografía, que se extiende imparable sin que los padres lo adviertan o les importe. La pornografía altera el curso natural de la maduración afectivo-sexual, anticipa contenidos para ser vistos y degustados, con lo que se pervierte la inocencia del joven, desprotegida por parte de los tutores y de la las leyes pertinentes. La pornografía envenena el alma y la convierte en un nido de asaltos violentos de la imaginación al cuerpo de la mujer. Crea un hábito difícil de corregir y fomenta la masturbación. De todo lo cual se deduce que hace infeliz a quien la contempla y le aleja del amor puro aparejado a la entrega. Padres y maestros debería preocuparse en bajarse filtros que, además de ser gratuitos, defienden a los menores del embrujo de los desnudos virtuales.

CRISTINA TÉLLEZ, Barcelona

¿Que hace infeliz a quien la contempla? Pues no, señora, a mí por lo menos no. Las representaciones pornográficas son tan antiguas como la humanidad. Desde las estatuas prehistóricas a las cerámicas griegas, pasando por los frescos de Pompeya o los bajorrelieves indios, allí donde ha habido cultura ha habido pornografía, con o sin Internet. Es conocido el punto de vista de Salman Rushdie, que sostiene que la pornografía es indicador indispensable de la libertad de expresión y, en algunas situaciones, incluso de la civilización. Quizá tenga razón, pues la pornografía se prohíbe (con esas "pertinentes leyes" que usted reclama) en todos los regímenes totalitarios, sean del signo que sean, desde la España franquista a Kampuchea, pasando por el Irán de Jomeini. Puede que haya adictos a la pornografía, como los hay a los boquerones en vinagre; pero ni los aperitivos ni las fotos guarras, en sí, crean adicción.

Que fomente la masturbación no me parece mal, aunque innecesario: ¡como si hiciera falta "fomentarla", sobre todo entre los más jóvenes! Las chicas y los chicos necesitan ensimismarse y conocerse a sí mismos: por eso escriben diarios y sonetos, se hacen pajas (a ser posible mutuamente), cambian de peinado y se encierran para escuchar música en idiomas que no entienden. No se preocupe; ya se les pasará con los años.

Los mayores buscamos motivos de preocupación con respecto a los jóvenes: que no tienen trabajo, que tienen mal humor y poca disciplina, que no encuentran piso, que no estudian, que toman drogas… Sin embargo, el más idiota de todos, de lejos, es que les guste la pornografía. A mí eso me parece saludable. ¡Quién tuviera un alma que aún pudiera ser envenenada, como dice usted! ¡Quién asaltara cuerpos con la imaginación! ¡Quién pudiera rendirse al embrujo de los desnudos!... ¿No será envidia, Cristina?

RAFAEL REIG