Más latín, por favor

Esta bendita educación dedicada a corregir a la generación del botellón tiene pequeñas lagunas. Ante esto, quizás, y líbreme el bipartidismo de equivocarme, el conflicto es interno. Los jóvenes, que en ningún caso son víctimas, se encuentran ante un cambio de ley educativa cada cuatro años, se encuentran ante profesores conocedores muy bien de su asignatura pero de escasa metodología a la hora de enseñar. Así pues, el problema es de base: a un profesor que tan solo ha asistido a un escaso cursillo de didáctica es normal que le resulte difícil enfrentarse a una treintena de alumnos en plena pubertad que están asqueados de que sólo les enseñen a memorizar datos sin sentido, además de que se sienten atados porque se les trata como culpables y no pueden hacer nada para cambiar las cosas.

EDUARDO HUETE-HUERTA MUR, Zaragoza

Qué agradables recuerdos me trae su carta: enseñé BUP en mi (ya lejana) juventud. Como tenía experiencia docente, no tuve que someterme al siempre maldecido CAP (Curso de Adaptación a la Pedagogía, creo que era), que mis amigos definían como “una terapia de grupo para enfermos desahuciados impartida por lacanianos de Moratalaz disfrazados de porteños”. ¿Es eso lo que pide usted, más pedagogía? ¡Por Dios, si estamos ya todos hasta las narices de didáctica y pedagogía!

Mi axioma siempre fue el mismo: no se enseña nada, porque todo lo que vale la pena hay que aprenderlo. Mi función como profesor no era tanto enseñar, sino estimular a los estudiantes para que ellos aprendieran por su cuenta. Me veía como un actor, representaba sobre la tarima la asignatura, les seducía, les desafiaba, a ratos les divertía, y nunca les engañaba: no se aprende sin esfuerzo. En mi primera clase, en el Blas de Otero de Aluche, me tocó La Celestina, un texto árido para Los Asesinos (así llamábamos a los de 2º de BUP en el camerino o sala de profesores). Les dije: para mañana, demostrad, con citas del libro, que Calixto es eyaculador precoz. Asesinos había a los que tuve que explicarles qué era eso. Al día siguiente todos se lo habían leído entero. El resto fue cuesta abajo. Y le aseguro que aprendieron mucho. Y yo también.

¿Más didáctica? Ni hablar, no estoy de acuerdo: yo pediría más medios materiales (bibliotecas, ordenadores, presupuesto para actividades, etc.) y, al contrario que aquel ministro de Franco, “más latín y menos deporte”: planes de estudios razonables y fijos, sin concesiones a las modas, textos clásicos, Filosofía, Latín, Matemáticas, lo de siempre, y menos pamplinas como Ecología Solidaria, Tolerancia Interactiva o Multiculturalidad Globalizada. Y, por descontado, memorizar mucho: la imaginación no vuela en el vacío y, además, de algún sitio hay que copiar.

RAFAEL REIG