Carta con respuesta

Ni cruz ni velo

Deberíamos respetar las creencias, la cultura y las convicciones de todos para lograr una verdadera integración. Es absurdo que se prohíba a una niña musulmana acudir al colegio con un velo, como lo sería que se prohibiera ir de corbata, llevar un crucifijo o que las chicas se pongan pantalones. Es indispensable la integración, sí; pero sólo será efectiva si se lleva a cabo desde el respeto a todas las culturas y creencias, desde la diversidad y la convivencia y diálogo entre todos. En nuestros colegios debería haber sitio para todos, con velo o con crucifijo.

VIOLETA FENÁNDEZ, Madrid

La educación de los hijos es demasiado importante como para dejarla en manos de sus propios padres. Por fortuna, existe el colegio. El pequeño inconveniente es que la enseñanza pública y laica todavía no sea obligatoria. Espero que pronto lo sea, porque es la única garantía eficaz de sensatez, de igualdad de oportunidades y del derecho fundamental que tienen los niños a ser libres e independientes de su familia. En realidad, ningún padre debería tener derecho a educar a sus hijos en sus propias creencias, que a lo mejor son erróneas, fanáticas, supercalifragilísticas, supersticiosas o simplemente idiotas. Es indispensable proteger a la infancia, en especial de su mayor amenaza: los mayores y sobre todo sus padres. Bastante tienen los pobres con aguantarnos en casa; si no fuera por ese mínimo espacio de libertad que les proporciona el colegio, el parricidio se generalizaría, no me cabe duda.

A mi hija yo sólo le he enseñado a silbar, a beber en botijo, a dibujar caras de perfil y a ser partidaria de la felicidad. Otros padres y madres, me imagino, tal vez les enseñarán a sus hijos el catecismo, la ciudadanía esa famosa, a prevalecer sobre los demás, a detestar a los gitanos, a leer el Corán, a no aceptar transfusiones de sangre o que el Sol gira alrededor de la Tierra.

Menos mal que existe el cole, donde los niños tienen la posibilidad de ser libres, iguales y autónomos. El cole público y laico (que, repito, debería ser el único y obligatorio), donde no importa cuánto dinero tiene su mamá, la profesión de su papá, si son partidarios de la Cienciología o católicos; donde no tiene ninguna relevancia su raza, ni que en su familia no coman pepinillos por razones religiosas. Menos mal que existe el cole, donde pueden aprender a ser ellos mismos, a despecho de sus familias y nuestras creencias, culturas o esas supersticiones irrisorias que todos tenemos. Y los velos, los crucifijos, las banderas, los rezos, las comidas étnicas, las creencias ancestrales y las legendarias lentejas de la abuela... prohibidas por completo: ¡incluso en el patio de recreo! ¿No le parece, Violeta? Que los hijos sean como quieran ellos, no como queremos nosotros.

RAFAEL REIG