Carta con respuesta

La parte débil

La iniciativa de la ministra de Vivienda, Carme Chacón, para animar a los propietarios de pisos vacíos a alquilarlos ya consiste en reducir a quince días el tiempo de impago antes de iniciarse el proceso de desahucio. Sencillamente monstruoso. Quince días es un período de tiempo tan breve que no cubre un viaje urgente, una intervención quirúrgica, un accidente. Un auténtico atropello. Y es un Gobierno socialista. Que venga Marx a refrendarlo.

MÓNICA SERRA, Sant Cugat del Vallés (Barcelona)

Hace poco quise alquilar un piso y me pidieron mi nómina. Vale, siempre que a mí me entregaran la escritura de propiedad. Tengo el mismo derecho a no fiarme, ¿no? Me echaron en menos tiempo del que se tarda en revolver un colacao. Mi amiga Teresa y su novio llevaban meses buscando un piso: siempre que llamaba Abdullah, ya estaba alquilado. Un día llamó Teresa al mismo número: podía ir a verlo cuando quisiera. A los propietarios no les gustan los moros y, al parecer, están en su derecho. Tampoco les convencen mucho los ecuatorianos, filipinos, bolivianos y mucho menos negros. A mi amigo Juanjo le pidieron seis meses de aval bancario para alquilar un apartamento. A Marisa le hicieron firmar un contrato según el cual ella debía pagar el IBI del piso que alquilaba. Y todo es legal, son acuerdos entre particulares y la Administración no tiene nada que decir. La Administración sólo interviene para promover condiciones de igualdad, es decir: interviene en apoyo de la parte más débil. Y, como es natural, interviene en favor de... ¡los propietarios! ¿Esperaba usted acaso otra cosa de un Gobierno de izquierdas? Yo también, Mónica. Pues entonces, vamos a exigírselo. Como decía El Jueves en aquel dibujo que no secuestraron: "¡Zapatero, no nos folles!".

Dicho esto, no veo la utilidad de los planes de vivienda concebidos como medida aislada. Es como poner una tirita para curar una fractura de hueso o como tratar una apendicitis con aspirina efervescente. ¿Alguien ha impedido de verdad que los ayuntamientos se financien con recalificaciones? ¿Alguien ha combatido con energía la ladrillocracia que padecemos? ¿Alguien ha promovido de verdad empleos estables y sueldos dignos? ¿Alguien ha puesto algún límite al beneficio alarmante, escandaloso y desvergonzado de los bancos, constructores y promotores? A mí me parece que un plan que merezca tal nombre debe atacar las causas, no sólo los efectos más llamativos. Usted recordará, Mónica, aquel proverbio: no hay que darle un pez a nadie, es mejor enseñarle a pescar. De igual modo, no hay que ponerle piso a nadie, sino que hay que garantizar que pueda comprárselo o alquilárselo él solo.

RAFAEL REIG