Carta con respuesta

El placer de la lectura

En cuatro líneas desvelan ustedes el final del último libro de la serie Harry Potter. Mi hija ha leído, uno tras otro, los seis libros, los ha comentado con sus amigos, conmigo (que también los he leído), y siempre con el exquisito cuidado de no dar a conocer su final. Afortunadamente, hoy su madre ha leído el periódico antes que ella, y ha tachado el texto con rotulador negro. En caso contrario, hubiera conocido el final del libro antes de que se publicara en España. Por cierto, a mí tampoco me gusta conocer el final de un libro antes de leerlo.

MARÍA TERESA CIVILLE, Alpicat (Lleida)

Lo único que se insinúa es que la saga termina. J. K. Rowling había dicho, incluso antes de escribir la novela, que era la última de la serie... pero hay que leerlo todo. No sé cómo acaba, aunque tengo entendido que, al final, morimos todos. El interés, María Teresa, no está en el desenlace, sino en el trayecto. Todo se acaba, incluso Harry Potter.

La gente se queja sin parar de que cada vez se lee menos. Es mentira, cada vez se lee más. Y cada vez hay menos analfabetos. El problema es que los díscolos lectores no escogen lo que los mandarines de la cultura prefieren. Es inadmisible, pero es así. Leen a J. K. Rowling o novelas de templarios, misterios egipcios o médicos de Hitler. Leen por placer, lo que les gusta, en lugar de leer para perfeccionar su alma.

En este país que fue católico, aún hay una idea penitencial de la literatura. El placer asusta. El placer es una insurrección contra el orden. Un libro se considera mejor cuanto más esfuerzo cueste terminarlo, porque la mortificación mejora el espíritu. Por eso los mandarines hablan de novelas como si fuera un burdel de disciplina inglesa, donde lo mejor es que sean "muy exigentes" y "sin concesiones al lector". Como nos decían las abuelas: todo lo que vale, cuesta. Desconfiamos de lo que se obtiene con alegría, sin sudor, sin mortificación. Lo que nos hace sufrir, nos hace mejores.

Creo que hay que leer por placer. Sin embargo, también creo que el placer requiere un esfuerzo: hay que aprender a disfrutar. El mayor placer de alguien rudimentario es presenciar una ejecución pública o una pelea a puñetazos, o ver como alguien resbala y se cae. Si no hacemos un esfuerzo para ensanchar nuestra capacidad de sentir placer, otros placeres, jamás llegaremos a disfrutar leyendo a Shakespeare; nos quedaremos arrinconados en ese lugar inhóspito y mortecino donde el mayor placer concebible son los humoristas de la tele y la cerveza en lata. Por eso le doy la enhorabuena a su hija: le quedan muchos placeres de lectora por delante. Suerte.

RAFAEL REIG