Carta con respuesta

Contra la tolerancia

No quiero que me toleren, quiero que me respeten. Tolerar es decirle al de enfrente: "no me gustas ni tú, ni tus ideas, ni tu conducta, pero en aras de mi talante, te aguanto". Respetar es decirle: "Pensamos diferente, y actuamos de modo distinto, pero dime, ¿cómo has llegado a esta idea, a este modo de ser? Quiero entenderte".
Y se establece el diálogo, y puede llegar la comprensión; y queda el respeto y, con un poco de interés y algo de sentido del humor, incluso una buena amistad.

ENRICA COLOM BATLLE, Valencia

Le sobra razón, Enrica, y para mí ha sido un placer leer su carta. Tolerar es, como usted indica, "sufrir, llevar con paciencia. Permitir algo que no se tiene por lícito, sin aprobarlo expresamente". Se tolera algo que nos parece abominable, impropio o equivocado. Tolerar es resignarse y, de acuerdo, en el fondo sólo sirve para el enaltecimiento farisaico del que tolera. Me repugna lo que haces, pero lo tolero porque soy mejor que tú. Soy tan guay que incluso te tolero.

Esa condescendencia esconde un envilecimiento moral vertiginoso: el que tolera igual podría no tolerar. Hace el esfuerzo de tolerar y, por eso mismo, de antemano se sitúa en un plano superior. Él tiene razón, pero tolera a los que no la tienen. Él es quien tiene poder para decidir quién obra bien y quién obra mal, aunque luego puede ser tolerante. ¿Por qué se concede el tolerante semejante autoridad?

¿Desde dónde se tolera? ¿Dónde hay que situarse para ser tolerante, en qué pedestal, en qué trono tiránico? ¿Tolerancia con los homosexuales? ¿Desde dónde, desde la opción sexual sana y natural? ¿Tolerancia con el Islam? ¿Desde dónde, desde la religión verdadera? Sólo se puede tolerar otra religión desde el convencimiento de que la propia es la verdadera; sólo esa (delirante) seguridad previa permite tolerar las religiones falsas. Muchas gracias, pero no. Frente a lo que no compartimos, como bien dice usted, Enrica, sólo cabe el respeto, las ganas de comprender y, por qué no, la curiosidad.

Yo tolero algunas cosas, aunque no demasiadas (pues la mayoría las apruebo aunque no las comparta): el ruido, los malos modales, el malhumor, a los ministros sandios, la insufrible sucesión de alcaldes de derechas en mi ciudad, las declaraciones sicalípticas de la Conferencia Episcopal y que no me pongan tapa en los bares. Todo lo demás, lo respeto y lo intento comprender. Salvo lo que no tolero, pero la lista es muy breve: el abuso de poder, la explotación, la lectura de Goethe y la indiferencia ante el mal ajeno.

RAFAEL REIG