El capitán Nemo

El problema que muchos españoles tenemos o hemos tenido con España radica exclusivamente en que durante muchos años, desde el poder, se ha querido confundir el sentimiento natural de pertenencia a una tierra con la asunción de unos valores nacional católicos. Y me siento profundamente español. Desde el mismo día en el que nací, la inmensa mayoría de mis sentimientos se han ido uniendo indisolublemente a personas y lugares de esta tierra. Soy español porque me he hecho en España. Creo haber puesto en valor, con toda humildad, el sentimiento nacional que abrigamos muchos españoles. Me gustaría que nadie vuelva a despreciarlo como ha venido haciendo hasta ahora la derecha más reaccionaria, que se ha obstinado en ostentar la patente de la marca España, unida a la de Dios, Patria y Rey. Sé que desde el 14 de marzo de 2004, en este sentido, hemos corregido el rumbo y parece que vamos por el buen camino.

 Mario López Sellés Madrid 

 Qué cansancio. Cuando oigo “Me siento profundamente español”, grito: ¡Inmersión! ¡Inmersión! ¡Abajo periscopio! Atravesamos sumergidos las aguas heladas del patriotismo. El sonar detecta algo: ¡Sentimiento natural de pertenencia a una tierra! ¡Son cargas de profundidad! ¡Zafarrancho de combate! El buque se tambalea, todos cerramos los ojos. Mi capitán, no somos siervos de la gleba, ¿quién narices es propiedad del suelo?

Mi segundo pregunta: ¿desde marzo de 2004? ¿Qué quiere decir? Pues que Zapatero ha salvado a la patria. ¡Carambolas! ¿En serio, mi capitán? ¿Lo dice en serio? Le pongo la mano en el hombro: saldremos de ésta, Charlie, muchacho, te lo prometo. ¿Y esos sentimientos unidos a la tierra? Serán tubérculos, como las patatas, que cuesta tanto desenterrarlas. ¿Y el sentimiento nacional que abrigan? Charlie, hijo, el amor a la patria siempre tirita de frío: le habrán echado encima esas mantas de las operaciones de rescate. Mi capitán… ¡hay que salir de este infierno! ¡A toda máquina!

Tras veinte mil leguas de navegación submarina, ascendemos a cota periscópica. Giro mi gorra de plato, con la visera hacia atrás, y miro a la redonda. Ni rastro de patriotas. Ni un pequeño acorazado habermasiano. Ni canoas zapaterianas. Ni galeones del PP. Reparto doble ración de ron en la biblioteca, suena música de Brassens. Doce mil libros y discos, lo único que me une aún a la tierra firme. ¿Estamos a salvo, capitán? De momento, muchachos, sólo de momento. Son les copains d’abord, alegres, insensatos, sin dios y sin patria, los que conocen la desolada belleza del paisaje abisal. Aunque nos espere el terrible torbellino final del Maelstrom, quizá nuestros cuerpos hagan ese agujero en el mar sobre el que nunca se volverán a cerrar las aguas.