Agua corriente

Nadie debería poder decir: “Este río es mío”. Porque uno es el sitio donde nace, discurre por otro y suele salir al mar por otro. Pero el problema no está en la propiedad del río, cosa de risa, sino en si hay o no solidaridad. Si nos parcelamos, nos fronterizamos y nos dividimos va a ser muy difícil reglar los problemas que de verdad importan. Y lo cierto es, también, que una ciudad de la envergadura socioeconómica de Barcelona no puede depender de la lluvia. Señores, seriedad, que esto no es un ‘hortet’, que no se arregla yendo al río con la mula.

RAMONA ROMEU VIRGILI BARCELONA

En mi infancia me convencí de que la gente viajaba de un sitio a otro con el único propósito de ver cambiar el tiempo o para comprobar si, en su ausencia, dejaba de llover o caían chuzos de punta. Las conversaciones telefónicas, que aún eran solemnes conferencias a través de operadora, consistían en una soporífera liturgia que pivotaba siempre sobre el intercambio de información meteorológica: ¿qué tiempo tenéis allí? ¿Os hace bueno? ¿Os ha llovido?, etc. Es otra prueba científica de que, no obstante la pertinaz sequía, España es un país con suficiente agua para todos, pero muy mal repartida (como tantas otras cosas).

Hasta que no empecé a cultivar malas compañías, casi todos los adultos que conocía en casa eran ingenieros (y de añadidura hidráulicos). Aunque en mi familia todos somos discutidores innatos, la necesidad de corregir los desequilibrios entre las cuencas mediante transferencias hidráulicas es tan obvia que no valía la pena ni llevarles la contraria. La necesidad urgente de un Plan Hidrológico (o Hidráulico, como matizaría Benet) es de cajón, como lo es que la política hidráulica no puede ser, por definición, local, sino competencia exclusiva de un organismo estatal. Ahora ya salta a la vista que el pobre Benet pecaba de cándido cuando escribía, al parecer en serio: “¿Quién duda de que la nueva generación de políticos y técnicos sabrá sacar adelante la política de trasvases por el camino más conveniente y menos emotivo?”.

Del sueño de la Ilustración o el del Plan Hidráulico de Indalecio Prieto nos ha despertado la siempre emotiva pesadilla autonómica. ¿Qué presidente que se respete puede prometer no realizar jamás un trasvase, como quien le promete a un niño déspota y enrabietado que nunca va a tener que compartir los caramelos? La “nueva generación de políticos” es igual de interesada y miope, así que una redistribución del agua, con una perspectiva nacional y racional, ha quedado (de nuevo) descartada. Seguiremos muchos años hablando del tiempo y ojalá vuelvan aquellos benditos y libidinosos cortes de agua que obligaban a los primos a ducharse juntos con cubo y esponja.