Carta con respuesta

Memoria y palabra

‘Público’ llama a la bandera franquista bandera ‘preconstitucional’, dando a entender que el problema de tal símbolo es que no se ajusta a la Constitución vigente. Otras banderas, como la tricolor o la del Rayo Vallecano, también son previas a la Constitución de 1978. El problema no es que sea previa o que no sea constitucional: fuera de la Constitución cabe lo democrático o incluso lo políticamente neutro. El problema es que representa a una dictadura genocida que todavía es observada por algunos ultras como "un periodo de extraordinaria placidez".

HUGO MARTÍNEZ ABARCA, Madrid

Está usted cargado de razón, Hugo. Que la bandera franquista suplante a la nacional, por ejemplo en un edificio público, sí sería anticonstitucional y (espero) delictivo. Que unos particulares extraviados exhiban la bandera franquista es un patético espectáculo, entre pavoroso y provocante a carcarjadas; ofensivo para cualquiera, sin duda; pero al fin y al cabo es cosa suya. Como si quieren desplegar la bandera de Tanzania, la del Atleti o la de la Confederación sudista americana. Por mí, y supongo que por la Constitución, como si se operan.

Que nosotros llamemos a la bandera franquista preconstitucional, en efecto, merece una buena pedrada. En mi opinión, el primer artículo de la Ley de Memoria Histórica debería de haber sido: "A partir de ahora llamaremos siempre a las cosas por su nombre". Franco no volverá a ser "el anterior Jefe del Estado"; es un dictador que, tras levantarse en armas contra el Gobierno legítimo, detentó el poder durante cuatro décadas. El Che Guevara no es un "aventurero armado", sino un "guerrillero revolucionario". No hablaremos más de las posesiones de la familia del dictador: diremos el botín o el fruto de la rapiña.

La palabra y más aún la palabra escrita es la garantía de la memoria, desde las lápidas a los nombres en una tapia o en la corteza de un árbol, dentro de un corazón. El lenguaje es el instrumento que hemos creado para nuestra guerra contra el tiempo, la lucha por permanecer, por grabar en la memoria un fragmento de vida perecedera. Borges decía que todos los inventos de los hombres son extensiones de su propio cuerpo: el telescopio es una extensión del ojo; la llave inglesa, una extensión de la mano. Por eso mismo, el invento más maravilloso de la humanidad era para Borges el libro, la palabra escrita, porque no es una extensión del cuerpo, sino de nuestro propio espíritu, una extensión de "la memoria y la imaginación". En realidad, renunciar a la palabra, resignarse a no llamar a las cosas por su nombre, equivale a claudicar frente al olvido, a rendirse, a dejarse vencer sin luchar. No nos lo podemos permitir, Hugo.

RAFAEL REIG