Carta con respuesta

El hueco del sillón

En la portada de la edición del 18 de octubre aparece la foto de un niño, similar a las que usan las ONG que sustituyen la solidaridad por la lástima y el respeto debido al dolor de la gente por su exhibición rentable. Es una práctica habitual, entre los movimientos de solidaridad más comprometidos y los medios de comunicación más solidarios, atenerse al código de conducta sobre imágenes y mensajes en el Tercer Mundo, suscrito en los años 90 por el movimiento europeo de cooperación y solidaridad. Este código de conducta desaconseja el uso de este tipo de imágenes sensacionalistas. Pensamos sinceramente que esta práctica puede marcar una diferencia (una diferencia más) entre ‘Público’ y el resto de prensa escrita que, lamentablemente, prefiere el sensacionalismo a la formación de una opinión pública informada, también, gráficamente.

JOSÉ MOISÉS MARTÍN CARRETERO, Madrid

Director de la Asociación para la Cooperación con el Sur (ACSUR) Las Segovias

La alternativa es muy interesante, José Moisés. Por una parte está el impacto emocional. Por otro lado está la información que facilita la comprensión intelectual. Usted afirma que el impacto emocional no ayuda a comprender. Yo no estoy tan seguro: creo que una imagen atroz, tremenda y afilada como un cuchillo puede sacudir la conciencia del espectador y empujarle a reflexionar. ¿Sensacionalismo? La serie de Los desastres de la guerra, de Goya, será sensacionalista, pero a mí me ha hecho pensar y tomar partido. La imagen de Rock Hudson enfermo de sida también era sensacionalista, pero ¿no le parece que creó conciencia y ayudó a luchar contra el estigma social?

Por otra parte, esas fotos se repiten tanto que ya no consiguen su propósito. En nuestra cabeza hay un espacio oscuro y de acceso difícil, igual que el que hay bajo el respaldo de los sillones. Cuando quitamos el almohadón, está lleno de cosas perdidas que ni siquiera echábamos de menos: monedas, horquillas, malos pensamientos, llaves, rencores, botones y esas fotos de niños inmóviles, agonizando de hambre y cubiertos de moscas. Es la repetición de esas imágenes la que nos permite provocar un cortocircuito y olvidarlas en menos tiempo del que se tarda en revolver un colacao; las deslizamos bajo el sofá y nosotros nos sentamos encima tan cómodos, apoyados sobre nuestra mala conciencia amortiguada.

Lo que hacemos los medios es aumentar la dosis para conseguir el mismo efecto, y así empieza la impúdica carrera a ver quién consigue la foto del amputado más pavoroso o del herido más ensangrentado. Por eso, en resumen, creo que tiene razón usted: debemos apelar menos al impacto emocional y más a la reflexión y a la persuasión moral.

RAFAEL REIG