Carta con respuesta

Escapar de Cuenca

Hace unos días estuve en Cuenca y, preguntando por un restaurante a la chica de la caseta de turismo, me dijo textualmente: "Si yo me estuviera muriendo nunca vendría a Cuenca". Me resultó sorprendente que soltara esa frase sin venir a cuento...
Quizás lo dijo porque lleva toda la vida viviendo allí y está harta de ver su ciudad. O tal vez se estuviera muriendo ella, no lo sé, me resultó muy raro. No creo que lo dijera por mí, porque yo estoy muy sano y mi aspecto es inmejorable. Es increíble, te encuentras por la vida con gente desconcertante que te suelta afirmaciones muy raras, propias de la estupidez. Yo le contesté que la vida mata, y que nunca sabrá cuándo se producirá su muerte, en ello está el aliciente de vivir, en su desconocimiento, que lo importante es estar al lado de alguien que quieres compartiendo los momentos con toda la intensidad posible, en donde sea, en cualquier momento de la vida.

ARTURO KORTÁZAR BILBAO

Qué cosas le pasan. Me ha recordado aquellos sugerentes (y algo herméticos) versos de Juan García Hortelano: "No me importaría morirme / sin haber vuelto a Zaragoza". Inquieta que la información turística de Cuenca incluya el ferviente deseo de no morir en Cuenca. ¿Qué hacía esa señorita en Cuenca, si tan pocas ganas tenía de que le sorprendiera allí la muerte?

Hace tiempo se perfeccionó el diagnóstico precoz de la enfermedad de Huntington. Es una enfermedad hereditaria y se descubrió una prueba que permitía determinar si, dentro de unos años, uno iba o no a ser víctima de esa dolencia devastadora y mortal. Seguí con atención el debate deontológico entre los médicos. La mayoría era partidaria de realizar la prueba, pero no de comunicarle los resultados al interesado. ¡Tenemos derecho a saber! ¡Es nuestro cuerpo y nuestra vida!, así clamaban los pacientes, no sin el apoyo entusiasta de la prensa, siempre impaciente por rasgarse las vestiduras.

A mí me hizo pensar mucho lo que me dijo un médico: yo no se lo digo nunca, les pregunto para qué quieren saberlo. Me dicen que, si van a morir a los cuarenta, necesitan saberlo para cambiar de vida. Tienen que tomar decisiones: casarse o no, estudiar latín o gastarse los ahorros, volver a Zaragoza o irse a vivir a Cuenca. El médico les respondía: si de verdad quiere, cambie de vida ahora. Se va a morir igual, de Huntington o de otra cosa, y no sabe cuándo, así que no pierda el tiempo. Si de verdad no quiere morir en Cuenca, no vaya. Si quiere dilapidar su fortuna, dese prisa. La único cierto es que la muerte llega en cualquier momento, no espere al resultado de un análisis para vivir de verdad su propia vida. Hay que escapar de Cuenca de inmediato, si uno no quiere morir sin haber vivido.