Carta con respuesta

Español... ¡casi ná!

Leo en el diario ‘Qué’ que vienen los extranjeros, los chef de todo el mundo, se copian las fórmulas de nuestros pinchos, los pinchillos, pinchos y pinchitos españoles y se van a sus países y los hacen allí. Y lo presentan tan contentos. Oiga, ¿y la fórmula de Coca-Cola? ¿Se la dan gratis a todo el mundo? A nivel mundial todos estos pinchos y tapas españoles, ¿por qué no son ya marca registrada como lo son los vinos con su denominación de origen? ¡Para qué tanto Gobierno autonómico, tanto nacionalista y nacionalismo, si luego somos unos incapaces, somos casi todos unos medio inútiles y medio ineptos! ¡Qué desastre de país, por Dios!

EDUARDO DE VILLALMONTE BARCELONA

Diga usted que sí. Qué desaprensivos esos cocineros. ¿Y nosotros? De puro buenos, parecemos tontos: no nos hacemos valer. Aunque, la verdad, se nos acumula el trabajo. Si ya se pueden patentar los pinchos y convertirlos en marca registrada para cobrar por su uso, ¿por qué no patentar el aparcamiento en doble fila, por ejemplo? Cada vez que alguien aparque a la española (es decir, en segunda fila, en un semáforo o en una esquina) nos pagará algo. Si además responde con ira cuando se le advierte y grita indignado: ¡es sólo un momentito!, entonces pagará un recargo del veinte por ciento. ¿Y el carajillo de coñac, el chispazo de anís o ese letal chupito de pacharán al que siempre estamos invitados por cuenta de la casa? ¿Van a disfrutar acaso los extranjeros de estos privilegios sin pasar por caja? ¡Hasta ahí podíamos llegar! Formidable. ¿Crisis económica? Pues asunto resuelto con la nueva Oficina de Castizas Patentes.

¿Qué me dice de los supermercados? Tendrá que pagar un canon todo cliente que deje una cesta en el suelo y se vaya tan tranquilo a comprar, y luego pretenda colarse aduciendo que "estaba ahí", como prueba sin duda la presencia de la cesta abandonada con dos yogures. Sólo con cobrar por el uso de las expresiones "yo sólo cumplo con mi deber", "lo sé por mi cuñado, que es el número uno" y "usted no sabe con quién está hablando", nos podíamos forrar.

Hablar a voces, mirar a los demás por encima del hombro y considerarse uno mismo la excepción a toda regla, es decir, eso que se llama ser español hasta las cachas, era hasta la fecha una fuente de orgullo para todo bien nacido (y una incomodidad embarazosa para esos cuatro resentidos de siempre, que todos los conocemos ya). Eso se acabó. A partir de hora las esencias de la patria se pueden convertir en una máquina de hacer dinero fácil. ¿Los pinchos? Eso es sólo el principio, amigo: acabarán pagándonos cada vez que alguien efectúe chapuceras reparaciones con esparadrapo en una estación orbital. Creo que su idea es visionaria, dinamita pura.