Carta con respuesta

Reina por un día

Le escribo para decirle que, aparte de que me repugna su diario y su ideología y que no leo nunca desde que les vi el plumaje, quiero manifestar que su majestad la reina puede decir lo que le dé la real gana sin que ninguno de ustedes tengan nada que decir al respecto. Porque para eso es la reina de España. No sé la mentalidad estrecha que ustedes muestran en sus razonamientos les da para entender esto, pero hagan un esfuerzo y lo comprenderán. Es la reina de España y, encima, tiene razón en lo que dice. La opinión sobre las cosas no es sólo cosa de periodistas.

JOSÉ LUIS PAREJA PASTOR ELDA (ALICANTE)

Esa tía, la reina, fue mi compañera de clase en un curso de Historia, hace muchos años. Éramos muy pocos, en un seminario en torno a una mesa. La recuerdo rígida, engreída y bastante anodina: parecía una de esas señoras aturdidas que se pasan la tarde en el bingo, rellenando cartones con pulcritud maniática, pero como si creyeran estar cumpliendo alguna misión decisiva, en lugar de perdiendo el tiempo de forma patética. También recuerdo unos tipos, semejantes a usted, unos lacayos natos que le besaban la mano y humillaban la cerviz, anonadados, como si se repitieran a sí mismos por dentro: ¡macho, que es la reina de España, macho, macho!

Lo que más recuerdo, sin embargo, es lo que le pasó a mi amigo Guillermo. Un día hizo una pregunta en clase (bastante impertinente y faltona, todo hay que decirlo: para eso teníamos 20 años) y ya no le volvieron a dejar entrar. Así de fácil. Me pareció alentador: pensé que la monarquía era tan absurda y tan vulnerable que no podía permitirse ni la crítica de un estudiante. Sigo pensando lo mismo y la pervivencia de figuras delictivas como la de injurias a la Corona me da la razón, a mi parecer.

A mí, la verdad, que sea reina me deja un poco frío. Tendrá usted razón: mis razonamientos no dan para más. Por mí, como si es la chica que viene a leer el contador del agua empuñando una linterna. Lo cierto es que la tía no debe de tener muchas luces, porque todo el mundo sabe que, en una entrevista, siempre reproducen algo de forma "inexacta". Que escriba un libro, si es que sabe. ¿Para qué demonios se deja entrevistar entonces? ¿Por la pasta? No lo creo (bastante se levantan ya del Presupuesto, ¿no?). ¿Por vanidad? Es posible, pero en su pecado lleva su penitencia. Puede que ella no se reconozca, como nadie reconoce su propia voz al oírla grabada. Todos nos sorprendemos: ¡esa no es mi voz! Sin embargo, por lo que he leído, la entrevista la retrata: simple y rudimentaria, pero vanidosa hasta la imprudencia más insensata. Imagino que su marido ya le habrá dicho, con esa chulería borbónica que le caracteriza: anda, cari, ¿por qué no te callas?