Carta con respuesta

El jamón y el whisky

Tener que hacer cola en la carretera no le gusta a nadie, y mucho menos si encima tienes que aguantar la prepotencia de un político que no quiere hacer la cola como el resto de conductores. Eso es lo que pasó el jueves pasado en la carretera C-32 de acceso a Barcelona. En lugar de aguantar el atasco, Ernest Benach, de ERC y presidente del parlamento catalán, se aprovechó de su coche oficial para, sirena en ristre, saltarse la cola y adelantar a los demás vehículos por la derecha.

MANUEL FERNÁNDEZ, Barcelona

Alfonso Guerra dice que nunca le ha gustado el poder y Antonio Orejudo se reía (por no llorar), recordando su avión Mystère y otras barbaridades que todos recordamos (aunque callemos por compasión, por pura ayuda humanitaria de emergencia al PSOE). Si él lo dice, yo me lo creo. Guerra, como Bruto, es un hombre honrado y no miente.

Bebo bastante. Con toda honestidad, sin embargo, puedo decir que a mí no me gusta el alcohol. Lo que me gusta son sus efectos. Por el sabor en sí, prefiero el jamón Cinco Jotas, por supuesto; pero el jamón no emborracha. A Guerra le debe de pasar lo mismo: el poder en sí, no le atrae demasiado. Lo dice Guerra y Guerra es un hombre honrado. Yo le creo: el poder significa responsabilidad, tomar decisiones difíciles, trabajar mucho y estar sometido a censura permanente. El poder a menudo exige torcer la voluntad de otros, sí; pero siempre para conseguir un objetivo político, no sólo por el simple afán de prevalecer o por sacar mayor tajada personal. Por eso creo que a Guerra el poder le no le interesa, tal y como él dice. Lo que en realidad le gusta (pero le gusta bastante, eso sí) son sus efectos: es decir, los privilegios. El Mystère, el coche oficial, la impunidad para avasallar a los demás, el servilismo y la adulación a su alrededor, etc.

A la mayoría de los políticos les sucede lo mismo: no les gusta mucho el poder, ya que implica responsabilidad, pero les encantan esas joviales borracheras de privilegios obscenos e irresponsables, la prepotencia y esa incomparable sensación de estar por encima de los demás. Como usted dice, basta ver pasar un coche con un ministro (o ministra) rumbo a una fiesta privada (me consta) para comprender cuánto les entusiasma emborracharse con el poder.

El problema es que los políticos son como los alcohólicos: siempre piensan que no se les nota, que los demás no nos damos cuenta de la colosal tajada que llevan cada día. Son seres muy rudimentarios. Sí que lo notamos, sí; pero disimulamos. Necesitan ayuda. No son delincuentes: (también) son enfermos, y la sociedad tendrá que comprenderles, ¿no?

RAFAEL REIG