La nave de los locos

Decía Carlos Dossi , escritor italiano: “Los locos abren los caminos que más tarde recorren los sabios”. Todos deberíamos estar locos, puesto que así nacemos, pero es la sociedad y sus intereses la que nos hace cuerdos. Aceptamos las normas sociales, las injusticias, las desigualdades, el hambre, la envidia, el odio. Apagamos la llama de nuestra locura cada amanecer huyendo de nuestros propios sueños y pesadillas para agrandar nuestro bienestar. El día que reine la locura, el mundo será más justo, y paradójicamente haremos de este mundo de locos un mundo donde gobierne la cordura y la justicia.

PEDRO JOSÉ NARVÁEZ BENÍTEZ CÁDIZ

Le confieso que, con otra vez que oiga el nombre de Dossi, serán dos. Tampoco me inspira mucha curiosidad: yo ya me tragué de niño a Khalil Gibran, Juan Salvador Idiota y otras muchas paparruchas. Se me pasó la edad para mantener una visión romántica e idealizada de la locura. Defina loco, porque ya estamos mayores para jugar a que usted llama agua a lo que los demás llamamos whisky y viceversa. Ojalá bebiéramos varios litros diarios de whisky, dice. Oiga, pero ¿no nos cogeremos una monumental? Es que me refiero a lo que vosotros, ilusos, llamáis agua, je, je. Vale, muy divertido, nos hemos reído mucho, pero ahora ¿podemos hablar normal?

Recuerdo aquella carta sobre la locura que Castilla del Pino, psiquiatra español, le dirigió a Leopoldo Panero (un defensor de que los locos son los únicos cuerdos). Allí recordaba que un acto loco no es un acto inusual: “Inusual es dejar caer una bomba en Nagasaki y otra en Hiroshima; fueron dos actos cuerdamente criminales de Harry Truman”. La defensa de lo justo puede que sea inusual, pero no es un acto loco en absoluto. A su vez, que un acto sea usual tampoco prueba su cordura: “Fumar un cigarrillo es un acto usual, pero loco si se hace bajo el mandato que se recibe desde Marte”. En suma, concluía Castilla del Pino, todo acto loco es un error, aunque no todo error es un acto loco: se trata de un tipo específico de error, el de “tratar un objeto interno como externo”.

Por último, recordaba que “estar loco, o su inversa, estar cuerdo, no es una opción”. Nadie elige ni puede elegir estar loco. Como mucho, hay quien elige hacerse el loco, que es muy distinto. Un tipo que esté loco de verdad, se lo aseguro, inspira mucha compasión y aún más tristeza. Y por desgracia no puede elegir: es una víctima.