Carta con respuesta

Nada cambia

La explosión de las tecnologías en los medios hace necesario que tanto los padres como la sociedad estén más atentos a los peligros a que se enfrentan los niños. Según un estudio, en un día normal de fin de semana, los estudiantes canadienses pasaban –muchas veces de forma simultánea– 54 minutos enviando mensajes, 50 minutos bajándose contenidos y escuchando música, 44 minutos jugando a juegos ‘on line’ y sólo 30 minutos haciendo las tareas del colegio. Muchos de los padres, que han observado este informe, se inquietan por el impacto de los medios en sus hijos. Las inquietudes incluyen no conocer con quiénes contactan sus hijos, qué tipo de canciones escuchan y si han caído en la tentación de la pornografía. Esa inquietud les debe llevar a estar más atentos para ver en qué emplean el tiempo sus hijos. Es por esto que los padres debemos ayudar a nuestros hijos a buscar la verdad y los valores que necesitan, y nunca dejarlos solos que escojan a través de lo que les transmitan los medios.

CARMEN RAMÍREZ CRISTO, Vélez-Málaga

Como padre, mi opinión es que estamos demasiado pendientes de los niños. ¿Media hora al día haciendo deberes? ¿Y le parece poco, Carmen? No recuerdo haber dedicado tanto todos los días, ni mucho menos; algún día suelto, puede, pero a diario jamás. Sí recuerdo haber "caído en la tentación de la pornografía", bajo la (escasamente) tentadora forma de una baraja de cartas en la que aparecían mujeres desnudas. Jugaba al mus y miraba tetas, a la vez. Las escondí en casa y desaparecieron; imaginé que mis padres las habían encontrado y nunca más mencionamos el asunto. Busqué un nuevo escondite. Y también recuerdo, por supuesto, que mi principal interés durante la infancia y juventud era el de no ser conocido por mis padres, faltaría más. En cuanto entraba en casa, me convertía en un impostor, como todos los niños y jóvenes, y mi principal ocupación era mantener a mis padres poco informados de quiénes eran mis amigos, qué hacíamos o a dónde íbamos. Y observo con agrado que mi hija hace exactamente lo mismo y, a su corta edad, ya conoce las respuestas clásicas: ¿Dónde has ido? Por ahí. ¿Con quién? Con amigos. ¿Qué habéis hecho? Lo de siempre. Como decían mis padres: ni con sacacorchos.

Una cosa es que los niños y jóvenes se crean singulares o que piensen que lo que les sucede (desde un amor a un disgusto) no le ha ocurrido antes a nadie en la historia de la humanidad. Otra cosa, muy distinta, es que también los mayores nos creamos que lo son. Son igual que éramos nosotros, sólo que, en lugar de futbolín, tienen una videoconsola. No hay grandes diferencias y, al menos a mí, me cansa un poco la tendencia actual a buscar en las mayores nimiedades motivo de alarma. A este paso, pronto será preocupante hasta que los chavales se masturben.

RAFAEL REIG