Carta con respuesta

Silogismos bárbaros

‘Todos los que amamos España estamos con el rey’, ha dicho Esperanza Aguirre. Es decir, que todos los que, por alguno de los puntos oscuros de su largo reinado, o simplemente por ser republicanos, no estamos con el rey, según su dictamen, no amamos a España, no somos buenos patriotas, somos la antiEspaña. Quien debiera representar a todos los ciudadanos de la Comunidad de Madrid abusa así de su poder para insultarnos y excluirnos, volviendo a identificar la patria con un sistema y una ideología, al más puro franquismo del que algunos nunca han salido ni abjurado de verdad, como el mismo fundador de su partido, Fraga. Y tengamos todos mucho ojo con esta ‘noble’ presidenta por ‘accidente’ provocado –la corrupción cada día más probada de dos tránsfugas en la Comunidad de Madrid–, porque su ambición es llegar a gobernar e imponer su modo de pensar y discriminar en toda España.

JAVIER SANZ RIDRUEJO, Madrid

Barbara, Celarent, Darii, Ferio, Baralipton, Celante, Dabitis... ¿se acuerda usted, Javier, cuando estudiábamos todavía algo de Humanidades? Miss Aguirre, esa legendaria filósofa aristotélica-tomista con traje sastre, sólo podía expresarse mediante silogismos. Lo que en realidad quiso decir es esto, me parece a mí: todos los españoles aman a España; todos los que aman a España están con el rey; ergo todos los españoles están con el rey.

El silogismo es en Barbara (y una auténtica barbaridad). Y es falso, claro está: como usted, yo no estoy con el rey. Así que ya somos dos, Javier. Pero es que, además, nego maiorem, ergo nego consequentiam: yo ni siquiera amo a España. De hecho, no me provoca muchos sentimientos, si acaso aburrimiento, de un tiempo a esta parte. Que me acusen de no ser buen patriota casi me enorgullece, se lo digo en confianza. Puedo entender (y sentir) el amor filial, pero el amor a la patria me parece una ñoñería ridícula, pomposa e impropia de un adulto; lo veo como un desarreglo nervioso o glandular, algo que es probable que en un plazo muy breve se cure con medicación, meditación y unas cuantas lecturas bien escogidas.

Sin embargo, lo peor, lo más irritante, es esa (funesta) manía de hablar en nuestro nombre. Los españoles patatín, las españolas patatán. ¡Pero qué se han creído! Estamos más que hartos de tantos políticos ventrílocuos, que nos tratan como a muñecos y nos ponen la voz que quieren, sin mover los labios, para hacernos decir lo que a ellos les da la gana como si fuera idea nuestra. Si quieren saber lo que pensamos sobre el rey, pues que nos lo pregunten, ¿no le parece a usted? ¿Con qué derecho hablan en nombre de todos nosotros?

RAFAEL REIG