Carta con respuesta

Gordos sin complejos

Según los cánones de belleza actuales, la aparición navideña del orondo Papá Noel no debería presagiar nada bueno. Y no sólo por ostentar un modelo de despilfarro en tiempos de crisis. Su ingesta calórica desmedida ya no se lleva bien con el actual culto al cuerpo. Además, las tasas de colesterol infantiles suben imparables junto con la obesidad adulta. Por eso, y por motivos más elevados, Santa Claus y su gordura deberían dejar paso a los belenes, cuyos personajes, además de buenos y sobrios, vienen a traer al mundo felicidad en medio de la pobreza. Si Dios nace de nuevo, es porque el mundo necesita un cambio, y ninguna cumbre de altos mandatarios puede solucionar la crisis del alma que afecta hoy a la humanidad. La Navidad es una fiesta del espíritu que se festeja materialmente, por eso sobran los excesos que dilapidan los dones que lleva implícita esta celebración.

 

MARÍA FERRAZ BARCELONA

A mí me parece bien que usted, como católica, prefiera los belenes a Papá Noel. Si me dijera que rechaza a Papá Noel porque no es religioso, es extranjero y demasiado partidario de los regalos y la felicidad, le diría que vale, que bueno, que sí. Pero, oiga, le quiere jubilar usted… ¡por gordo! Aduciendo, además, torticeros buenos propósitos, como evitar que suba el colesterol infantil. ¿A usted le parece sano acaso parir en un pesebre, con su buey y su mula? ¿Eso es lo que recomienda a las embarazadas? ¿Y el caganer es un ejemplo de bondad y sobriedad?

¿Qué será lo siguiente? Hay que leer el Lazarillo, porque Lázaro pasa bastante hambre y está delgado, en lugar de leer a Shakespeare, donde hay un tipo como Falstaff, que come y bebe sin parar; ni a Dickens, con el obeso Picwick, que tiene un índice de masa corporal del tamaño de su bondad.

Además, los gordos somos un ejemplo para la humanidad. Somos los pocos, junto con los calvos, que aún resistimos en este mundo que se deshace. Como suele decir mi amigo Nico Casariego, nosotros nunca nos damos por ofendidos. Debemos de ser ya los únicos. No permitimos que nos llamen "personas con capilaridad alternativa" o "con despliegue corporal más amplio". No, nosotros somos calvos y gordos. Putos calvos. Putos gordos. De niño, al probarme pantalones, siempre me tenían que meter los bajos; pero si el dependiente timorato decía "el niño está un poco fuerte", yo saltaba en seguida: gordo, lo que estoy es gordo, ¿qué pasa? Como Papá Noel, y a mucha honra.