Extraterrestres

“¿Dispuesto a pecar? Elige tu pecado. Gana un viaje y peca gratis”. Esta es la leyenda de un ‘spot’ que no sé lo que anuncia, pero sí lo que propone. El pecado en el mundo de la publicidad se identifica ya con cualquier cosa, preferentemente con pitanzas bien presentadas que bajan el colesterol y la glucosa. Pero el pecado real tiene connotaciones trágicas: provoca la muerte del alma en vida si es grave, o la ensucia, como las malas hierbas que crecen sin ningún control, si es leve. Pecar nunca es gratis, sino que tiene funestas consecuencias, como el infierno (otro vocablo de uso y abuso constantes), consecuencias como las que indujeron a Dios a tomar carne humana y a convertirse en un inmigrante terrícola para predicar la verdad y el amor, y morir en una cruz antes de resucitar.

 

LUCÍA RIVERA BARCELONA

Es la primera vez que veo considerar a Jesucristo “un inmigrante terrícola”. Me gusta mucho su idea, casi me recuerda a una novela de Philip K. Dick. Por las razones que fueren (el pecado ese que menciona, la falta de oportunidades en su país de origen, cargas familiares, hambre o quizá la falta de democracia y libertad política en el cielo), un buen día Dios decide emprender la gran aventura: emigrar al planeta Tierra. Aunque distintos (no había pateras ni cayucos), los medios de transporte disponibles en su tiempo también eran precarios: tras “tomar carne humana”, el extraterrestre tiene que desembarcar en un cochambroso portal, entre animales de labor.

Como le sucede a cualquier inmigrante, de inmediato tuvo problemas con las autoridades. Herodes, el Rubalcaba de la época, le persigue sin piedad, pero consigue escapar a Egipto. Para evitar el “efecto llamada”, Herodes se hace partidario de la mano dura (con los más pequeños). Más tarde, con nuevo ministro, el tipo regresa y se instala en Nazaret. Luego ya sabemos: no venía a trabajar, al contrario, convencía a los pescadores de que abandonaran sus redes y se fueran con él a zascandilear por toda Galilea.

Se convirtió en un agitador profesional, les calentaba la cabeza a los más humildes prometiéndoles de todo. Al final intervinieron las autoridades, se le juzgó y se le deportó a su país de origen por vía expeditiva (la crucifixión). Había un problema y se ha resuelto, como dijo Aznar. La solución (como digna de Aznar), no hizo sino empeorar las cosas: el sin papeles ajusticiado se convirtió en una leyenda. Hasta hoy.