Parece que la igualdad “embarazos reales = sexo televisivo” es un axioma demostrado. Según la Rand Corporation (EEUU), las adolescentes que ven programas con contenidos sexuales tienen el doble de posibilidades de quedarse embarazadas que las que no los ven. Las escenas de sexo en el cine, tan pasionales como irreales, invitan a ponerse manos a la obra sin ninguna reflexión. Los adultos que permiten su visión o emisión les perjudican gravemente, pues la actividad sexual altera profundamente el mundo interior del joven, sobre todo el de las chicas: su cerebro, sus hormonas, su emotividad y su espiritualidad se ponen en marcha para una posible gestación y refuerzan la unidad corporal y afectiva con el hombre. Por eso, muchas se sienten usadas y frustradas después del coito.

ISABEL PLANAS VALENCIA

Tiene usted razón: es cierto que la “actividad sexual altera profundamente el mundo interior del joven” (no sé ya si “sobre todo el de las chicas”). Por lo que recuerdo, no es que altere el “mundo interior” del joven, sino que lo crea. Los jóvenes éramos graníticos, macizos y de una pieza. Para conseguir un “mundo interior” necesitábamos espacio libre: algo que nos creara un vacío por dentro. Leíamos: “No decía palabras,/ acercaba tan sólo un cuerpo interrogante,/ porque ignoraba que el deseo es una pregunta/ cuya respuesta no existe”. La religión, nuestros señores padres y las autoridades sólo tenían respuestas para preguntas que no nos hacíamos; lo que necesitábamos era preguntas sin respuesta, para hacer sitio a ese “mundo interior”: por eso leíamos a Cernuda y nos tocábamos por encima y por debajo de la ropa.

¿Frustrados? ¿Usados? A nosotros, plin; seguíamos con Los placeres prohibidos para entender qué queríamos preguntar y cómo lograr que la ausencia de respuesta creara un vacío interior: “Qué ruido tan triste el que hacen dos cuerpos cuando se aman”.

Estaban de moda las películas “basadas en hechos reales”, pero los jóvenes lo hacíamos al contrario: nuestra vida real estaba basada en películas, en libros de Cortázar y en casetes de Leonard Cohen. Tiene razón: lo llevábamos todo a la práctica sin reflexionar. Si no fuera por esos ratos, no habríamos conseguido jamás una vida interior, más que nada por falta de sitio. Si nos hubiéramos llenado de fe, de responsabilidad y de sabiduría, ¿dónde rayos habría cabido la flor silvestre, ese arbusto espontáneo y en llamas de la vida interior?