Vaya usted con Dios

Si nos preguntaran si la paz es mejor que la guerra, estoy seguro que todos contestaríamos afirmativamente, sin embargo, parece que nos empeñamos en hacer todo lo contrario: la guerra. Parece que nada es como la razón nos dicta que debería ser; parece que el mundo fuera una gran paradoja. Y paradoja es que el pueblo judío, víctima de un horrible genocidio, sea ahora ejecutor de incontables inocentes palestinos, demostrando con ello no haber aprendido nada de su terrible historia. Paradoja es que en las tierras donde nació la cultura cristiana de la paz, el perdón, la caridad, la concordia y el amor al prójimo, sean ahora las tierras del odio, la venganza y el terror. No conozco en detalle la historia del conflicto, pero quiero afirmar que, de momento, en el mundo hay espacio para todos y no debería haber razones para seguir derramando más lágrimas y sangre.

 

PEDRO SERRANO MARTÍNEZ VALLADOLID

Si la pregunta es por qué nos empeñamos en mantener guerras, cuando hay espacio para todos, yo niego la mayor: las guerras no se producen por falta de sitio. El “espacio vital” (Lebensraum) al que se refería Hitler, igual que el “espacio de seguridad” del que habla Israel, no son más que justificaciones.

Yo creo que las guerras se desencadenan por la misma razón que otras formas de violencia: la voluntad de dominio. Para explotar a otros, para apoderarse de sus recursos, para impedir que los demás también obtengan su trozo del pastel (y así quedárnoslo nosotros). Podemos justificarlo de mil maneras: espacio vital, la patria, la democracia, la religión, etc. Es explotación y voluntad de poder. Digan lo que digan, yo no creo que nadie se empeñe en declarar la guerra para defender el dogma de la inmaculada concepción o por falta de sitio. También el que pega a su mujer dice (y quizá se dice a sí mismo) que lo hace por su bien o porque la quiere demasiado.

No creo mucho en la maldad inexplicable ni en los tiranos psicópatas, que ahora están tan de moda. ¿Hay quien comete genocidios por gusto? Lo dudo, suele ser por interés. El genocidio franquista no fue una monstruosa crueldad innecesaria: fue el (monstruoso) instrumento calculado para un fin monstruoso, pero comprensible: la rapiña del país. Hitler no gaseaba judíos en busca de una clave secreta de los templarios. El genocidio israelí tampoco es un paranoico empeño sin sentido. El que pega a su mujer no lo hace porque esté loco de celos y amor mal entendido.