Libertad de expresión

Con la reciente investidura de Obama como presidente de Estados Unidos, se demuestra que el pueblo americano, a pesar de sus dicotomías y de sus diferencias, ningún presidente, sea del color político que sea, ante tal solemnidad, renuncia a poner su mano en la Biblia y a bendecir a sus conciudadanos y a la nación entera en nombre de Dios. No existen prejuicios ni cuestionamientos acerca de pronunciar abiertamente este ensalzamiento divino, bien al contrario forma: parte ya del rito institucional y de idiosincrasia norteamericana. Y es que la libertad de expresión empieza por la transparente coherencia y la natural sencillez de quienes creen en Dios.

VICENTE FRANCO GIL ZARAGOZA

La canonización, investidura o lo que sea no demuestra que haya libertad de expresión o ausencia de prejuicios, sino todo lo contrario. Corríjame si me equivoco: Obama ha hecho lo mismo que los 43 presidentes que le precedieron. A mí me suena igual que si me dijera que en la Alemania de Hitler se gozaba de la más radical libertad de expresión para ensalzar al Führer; que en la España de Franco no se puso a nadie jamás traba alguna para expresar su adhesión (inquebrantable) al Caudillo; o que hoy en día, por ejemplo, Marruecos es uno de los países más libres del planeta, donde se permite cualquier adulación (por desaforada que sea) dirigida a ese sátrapa que tienen como rey. Si Obama se declarara ateo y tomara posesión de tejas para abajo, sin Biblias ni gorigoris, con la natural sencillez y transparente coherencia de los ateos, entendería su carta. Entonces podríamos decir: vaya, no parece que haya ya tantos prejuicios.

Ricardo Piglia recordaba una vez que Cuba es el único país del mundo en el que, durante un tiempo, los billetes venían autentificados con… ¡un pseudónimo! Porque en efecto les daba validez la firma de Ernesto Guevara, que firmaba “Che”. El caso de Estados Unidos, sin embargo, es aún más alucinatorio: no se quitan de la boca a Dios, que es un individuo de cuya existencia no hay prueba alguna. Para mí es como si no dejaran de hablar de los marcianos y nos bendijeran en nombre un platillo volante.

En fin, qué quiere que le diga: exijamos por fin libertad de expresión para adorar a Dios, para rendir pleitesía a los poderosos y para defender la santa tradición, el orden establecido y lo más sagrado. Es lo más pintoresco que he oído esta semana, y eso que he salido todas las noches.