¿Existe el pato Donald?

Resulta llamativo el derroche de medios humanos, económicos y logísticos empleados para informar de la no existencia de Dios. Curiosamente, lo nombran con la voz que todos usamos como propia de Él, mediante la cual lo reconocemos, y que no habría surgido si no existiera. Lo que no existe carece de nombre y, precisamente, nombramos aquello que, de un modo u otro, conocemos o podemos definir. Es la voz que sirve también para incluir en el diccionario, y es siempre el referente adecuado, el elemento vehicular claro para todos. Si una persona, una cosa, ni existe ni ha existido nunca es pura necedad atribuirle un nombre. La insatisfacción íntima se manifiesta de las formas más absurdas.

 

Isabel Esteban Güell Barcelona

No sabe cuánto agradezco su carta: ¡lo que me he podido reír! Habla usted de derroche: pero ¿comparado con qué? ¿Con las cuatro perras de nada que se ha gastado durante siglos la Iglesia en “propaganda fide”? En nuestro país, encima, a costa del contribuyente, gracias a Zapatero el pío.

De todas formas, aún me duelen las mandíbulas con su estrambótica convicción: “Lo que no existe carece de nombre”, y viceversa, si hay nombre, es que existe. ¡Toma ya! ¿Existen entonces las quimeras, los basiliscos, Popeye el marino, el coco, las xanas de mi pueblo, el bálsamo de Fierabrás o los endriagos? Sin duda el ave fénix existe, porque yo he ojeado algún antiguo tratado de “fenicología”, con detalladas descripciones de esos pájaros y hasta con láminas. Claro que, si a eso vamos, también he ojeado (y hasta leído) tratados de teología y he visto cristos de palo en muchas iglesias. ¿Existen, sólo porque tengan nombre, el amor, la eternidad o una cuñada bondadosa? ¿Existe el Aleph y estuvo en la escalera de un sótano de la calle Garay, en Buenos Aires? De todas formas, a mí me divierte mucho esto (¡y lo que disfrutaría Borges con usted!): vuelve el recio debate medieval entre platonistas y nominalistas. Estaba ya al borde del bostezo con las pamplinas de Gallardón y Aguirre y, por fin, usted suscita una discusión acalorada de las de antes, y vuelven a atizarse Duns Scoto y Guillermo de Ockham, y volveremos a ver herejes ardiendo por las únicas cosas que de verdad importan en la vida: si se debe o no comulgar con la mano, por ejemplo.

Como usted misma confiesa: “La insatisfacción íntima se manifiesta en las cosas más absurdas”. Cierto: como su carta, pero no deja de ser divertida y se lo agradezco.