Obscenidad del poder

A la vicepresidenta del Gobierno le gusta utilizar la palabra obsceno para descalificar conductas ajenas. Ahora tiene la ocasión. Es obsceno que se organice una hecatombe de maravillosos venados por gerifaltes socialistas. Es obsceno que en tiempos de crisis se gaste dinero por matar estos maravillosos animales. Es obsceno que el juez de la presunta corrupción de miembros de la oposición pase un fin de semana con el ministro de Justicia. Es obsceno que la alcaldesa socialista acelere las obras de acceso al coto de caza con dinero público, para que el juez y el ministro puedan llegar con facilidad. Estamos esperando sus explicaciones y las dimisiones o ceses correspondientes. No condenarlo sería obsceno y los españoles no queremos ser gobernados por corruptos, pero tampoco por obscenos.

 

JUAN ANTONIO DEL CERRO LEÓN BARCELONA

Me pregunto por qué le parece tan crucial que los venados sean “maravillosos”. Si fueran inmundos lémures o repelentes anfibios, ¿ya no sería tan grave? En cambio, si llegan a ser adorables ositos panda, ¿se caen con todo el equipo?

Obsceno dicen que viene de caenum (suciedad, de ahí cieno), aunque para San Isidoro es “palabra derivada del vicio propio de los oscos”. ¿A qué se daban con frenesí esos obscus, que hasta tenían su legendario pasatiempo propio? También se invoca una etimología sólo verosímil que a mí me gusta más: de ob y scaena, es decir, lo que se hacía “fuera de la escena”. En el teatro griego lo más brutal (violencia, sexo, etc.) lo representaban los actores en la parte de atrás del escenario, alejados de modo que el espectador no lo veía (al menos con claridad) y sólo lo oía en parte. Como en las películas de Hollywood: se veía un beso, fundido en negro, pareja fumando en la cama con la sábana hasta los hombros. El coito, el crimen, la explotación, son cosas que siempre suceden en otro sitio: tenemos que poner de nuestra parte para imaginarlas (o podemos mirar para otro lado).

El juez y el ministro, como los griegos con Rolex de Hollywood, se apartan del escenario para entregarse, entre bambalinas, a esos sus formidables vicios, tan propios de los oscos: la soberbia implacable, la vanidad satisfecha, la desordenada codicia, el mirar a los demás por encima del hombro y la concupiscencia del poder. ¿Condenarlos? A mí me parece más sincera la actitud de Fernández de la Vega: esto no es una excepción, sino algo absolutamente normal, no vale la pena ni comentarlo.