Palabra de honor

Otra vez nos encontramos en San Valentín, día de los enamorados, festividad acusada de comercial. El amor, o lo que sea, como todo, se demuestra con obras y no con palabras. Entre las obras, están los regalos, ya sea en este día señalado o en otros. Acusar a los que regalan algo en este día de caer en la trampa del consumismo es ridículo. Todo el mundo consume lo que puede y quiere. Lo que no puede borrar un regalo es una mala relación. Los curas polacos aprovechan para pedir que se dedique a la pureza. Ellos siempre a lo mismo. La pureza entre parejas es un asunto privado, en el que no tiene que entrar ni la Iglesia ni nadie. Que la Iglesia se preocupe de la pureza de sus miembros, sujetos al voto de castidad, y deje a los demás en paz. Que cada pareja (de la clase que sea) lo celebre como le venga en gana y en armonía, eso es lo deseable.

ANTONIO NADAL PERÍA ZARAGOZA

No serán amores, vale, pero yo también agradezco las buenas razones. ¿Todo se demuestra con obras y sin palabras? No estoy tan seguro. ¿Cómo rayos se demuestra con obras y sin palabras el teorema de Gödel, la noción de memoria en Proust o la buena fe de quien nos ha perjudicado sin pretenderlo? Aunque me divertiría, no me imagino yo a mis profesores haciendo cabriolas, volatines y chirigotas para demostrar, sin palabras, el concepto de alienación en Marx. No sé de dónde viene esta superstición, ¿por qué tiene tanto prestigio el silencio y hay tanta desconfianza hacia la elocuencia? ¿Por qué las personas de pocas palabras van a ser más honradas que los charlatanes?

Su carta me ha hecho volver a leer, en mi descuajeringado ejemplar de Gorgias, el Elogio de Helena, una de las más apasionadas defensas del poder de la palabra que recuerdo. El filósofo argumenta que, al fin y al cabo, la desventurada Helena, “si fue convencida con la palabra, no fue culpable, sino que tuvo mala suerte”. A cualquiera nos puede pasar, ¿no le parece?

Los sofistas, como Gorgias, no gozan de muy buena fama (aunque recuerdo la calurosa apología que les dedicó Fernando Savater). También somos lo que decimos y nos decimos, y a veces son nuestros actos los que engañan y nos engañan. Por eso, el desvelamiento del lenguaje (ese hilo que va de Gorgias a Wittgenstein) es una forma de conocimiento de sí mismo. Y además: la única protección efectiva con la que contamos para no tener que decir después (¡demasiado tarde!) que hemos tenido mala suerte.