Todo por los pequeños

Los últimos estudios señalan que la cerveza, por ser más económica, es el producto escogido por los menores para iniciarse en este hábito. Nos gustaría que medidas como la subida de los impuestos al tabaco para aumentar la cobertura sanitaria infantil, anunciada por Barack Obama, fueran imitadas por el Gobierno. Si se subiera, por ejemplo, un solo euro el litro de cerveza, el erario público podría recaudar 3.250 millones de euros, lo que significaría que 325.000 parados de larga duración podrían ser compensados con 10.000 euros al año, y que los menores lo tendrían un poco más complicado para acceder al alcohol.

TEODORO LOZANO GARCÍA
(PTE. ASOC. ALCOHÓLICOS REHABILITADOS) VALLADOLID

Me parece la ley del mínimo esfuerzo. Por esa regla de tres, como los jóvenes se pegan tortazos en motos, vamos a poner las motos a 100.000 euros. ¿Y el tabaco? Venga, cinco euros más por paquete: lo que haga falta, todo por los más pequeños, que están tan indefensos. Así cualquiera: si ponemos en un lado de la balanza lo que los puritanos consideran vicios de los adultos, y en el otro lado la salud de los más pequeños o a los parados, la cosa no tiene vuelta de hoja. Si encima lo dice San Obama: apaga y vámonos.

Lo que pasa es que resulta que muchos mayores bebemos y no somos puritanos. Incluso hay parados de larga duración que se toman sus botellines, se lo aseguro. Ya hemos llegado a tales extremos de gazmoñería que, si llegan visitas a las once de la noche, no puedo bajar a comprar whisky o vino: tengo que darles agua del grifo, supongo que para mayor protección de la frágil juventud. Lo que pasa también es que ya tengo una edad y me consta que nunca ha estado tan caro el alcohol. Cuando era joven, con 50 duros te ponías de coñac hasta las trancas, y los medios cubatas casi los regalaban. Y sin embargo, parece que los jóvenes cada vez beben más. Qué curioso. Quizá, por tanto, algo falla en su razonamiento, ¿no le parece? No será el precio el factor decisivo.

Quizá sea la educación, la falta de un bachillerato decente, la sociedad de consumo, el mal ejemplo de sus padres o la bollería industrial, yo qué sé. Lo que sí está claro es que la solución no es subir el precio, que ya ha subido (y no ha valido de nada). Como tampoco sirvió jamás de nada prohibir el alcohol. En otras palabras, quizá en lugar de vigilar la oferta, habría que controlar la demanda: enseñarles a beber. Pero eso es más difícil y mucho menos espectacular y publicitario.