Todos somos kiwis

Prolifera una subespecie de carroñeros que se dedican a vivir a costa de cadáveres de víctimas. Les acabamos de ver en la manifestación de Madrid, rebuscando en la basura que ellos mismos han contribuido a crear,
subrayando las expresiones y pancartas más cargadas de un odio visceral e ignorando las no pocas que denunciaban la raíz del crimen, el machismo. Son ellos quienes han inculcado a ese pobre padre que la solución es la cadena perpetua, cuando las cifras muestran que así no disminuye el número de crímenes. Incluso le llevan a afirmar que “toda España está con esa propuesta”, cuando su manifestación, a pesar de tanta publicidad, apenas llenaba un tercio de la Plaza Mayor.

VERÓNICA CASTRO MULDER MADRID

Hace 45 años que Kennedy pronunció su famoso Ich bin ein Berliner. Como no tenía ni Kartoffel de alemán, lo que llevaba escrito era esta transcripción fonética: “Ish bin ein beearliner”. Tampoco debía de andar fuerte en latín, porque para poder decir “civis romanus sum” tuvo que apuntar: “Kiwis romanus sum”. Pero acertó y, desde entonces “todos somos Marta” y todos hemos tenido que ser sucesivamente palestinos, inmigrantes o mujeres que han abortado.

Jesucristo también se puso en los zapatos de la víctima: “Quamdiu fecistis uni de his fratribus meis minimis, mihi fecistis” (Mateo, 25, 40), todo lo que hicisteis a uno de mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis. ¿Para qué hay que intentar ser berlinés? Como advirtió Jesucristo, nunca para exigir venganza ni juzgar: Nolite iudicare. Mientras no llegue el Juicio Final, aquí, de tejas para abajo, el juicio sólo pertenece a los tribunales. A mí me parece educativo que todos seamos Marta; pero también creo en la necesidad de que, por un momento, todos intentemos ser Miguel, el chico que dijo que la mató. Por lo menos, antes de pedir condenas ejemplares, pena de muerte, cadena perpetua, etc., deberíamos ponernos también en sus zapatos: él también es una persona, un ciudadano (o un kiwi, como diría Kennedy).

No creo que el castigo de un culpable deba determinarlo su víctima: eso no es más que barbarie. Es precisamente la menos indicada. Mientras todos seamos Marta, no podemos reclamar penas mayores. Para hacerlo, también deberíamos intentar ser Miguel un rato. Y no podemos consentir jamás la irresponsabilidad de los políticos, que todo lo arreglan prometiendo castigos más feroces para dar satisfacción a las víctimas.