Los hijos de la ira

Ahora que se empieza a discutir sobre la ampliación de la ley del aborto, me asalta una serie de dudas. ¿Por qué dice la Iglesia que en cada aborto muere un inocente si todos venimos de fábrica con el pecado original a cuestas? ¿Acaso los ‘nasciturus’ no? En el primer caso, ¿se puede, con rigor, llamar inocente a quien lleva encima un pecado tan gordo como ese? En el segundo, ¿por qué mientras estamos en situación de concebidos pero no nacidos no hay pecado que valga, si de él se dice que es original, o sea, de origen y no de trayecto? ¿Es que basta con nacer para que nos caiga sobre los hombros tamaña culpa? Si así fuera, ¿en qué instante exacto del parto se nos inocula el delito religioso a los alumbrados con éxito? ¿Lo saben en el Vaticano?

 

ENRIQUE CHICOTE SERNA ARGANDA DEL REY (MADRID)

Hay algún obispo presente entre los pasajeros lectores? Yo lo más que puedo hacer es vencer esa pereza a la que usted no se sobrepone y revisar libros viejos.

Santo Tomás, en su Suma teológica (se la recomiendo: se parte uno de risa) es tajante: el pecado original se transmite por generación, va ya en el semen. Esto no quiere decir, ¡ojo!, que “el alma se transmita con el semen”, sino sólo que “los defectos culpables del alma pasan a la prole por transmisión del semen, aunque el semen actualmente no sea sujeto de la culpa”. Eyacular es propagar la culpa. Los hombres eyaculamos nuestra culpa (y algunos quizá el propósito de enmienda o el dolor de corazón) y, por tanto, el pecado original sólo lo transmite el padre: “El principio activo en la generación proviene del padre, suministrando la materia la madre. Por ende, el pecado original no se contrae por la madre, sino por el padre. Y según esto, si hubiese pecado Eva sin pecar Adán, sus hijos no hubiesen contraído el pecado original.” (cuestión 81). ¿Está claro, no? Un simple cigoto ya es culpable, semen mediante. En cambio, si un embrión hubiera sido clonado (y más a partir de una mujer), estaría libre de pecado original. Qué suerte, ¿verdad? Tome nota feminista, Bibiana.

¿Inocentes? ¡Naranjas! Es pura retórica, porque el nasciturus es culpable, como quiera que, “por la virtualidad del semen, se transmita la naturaleza humana del padre al hijo y, simultáneamente con la naturaleza, la infección de la misma; puesto que el que nace se hace partícipe de la culpa del primer padre” (Íbid.). Nadie dijo que ser católico fuera fácil: sólo se consigue con (mucha) ayuda de Dios.