28 de febrero

Seguro que muchos de mi generación y más jóvenes, tenemos en mente no comer más de tres huevos a la semana. Pues bien, según un estudio de la británica Universidad de Surrey, publicado en el ‘Nutrition Bulletin’ de la Fundación Británica de Nutrición, es el consumo de grasas saturadas y no el de huevos lo que favorece que las personas puedan sufrir problemas de corazón. Las conclusiones de la investigación señalan que no hay evidencia que ligue el consumo de huevos con las enfermedades coronarias. Y es que, no sólo en España, también casi la mitad de la opinión pública del Reino Unido cree que no deben comerse más de tres huevos a la semana porque suben el colesterol. El estudio ha puesto de manifiesto que el colesterol que producen los huevos tiene sólo un efecto pequeño e insignificante en el colesterol sanguíneo, por lo que no habría que limitar su consumo dentro de una dieta variada y equilibrada.

 

JESÚS D. MEZ MADRID GIRONA

Los de mi generación nos acordamos de cuando el pescado azul era mortal de necesidad; luego de pronto se volvió supersaludable. El café también era veneno puro, pero ahora resulta que es hasta adelgazante. Y dos vasos de vino son lo mejor de lo mejor. Y así todo. Llegará el día en que recomienden fumar cinco cigarrillos diarios, ya lo verá. ¿Qué hay detrás de todo esto? A mi modo de ver, el intento (vano) de hallar una correlación entre lo que llaman “estilo de vida” y enfermedad. El que se pone enfermo es como el que está en la cárcel: ¡algo habrá hecho!

Llevan décadas intentando demostrar que, si nos ponemos malos, tiene que ser culpa nuestra: en algo nos habremos equivocado. No son los genes ni el sueldo escaso ni la explotación laboral ni la simple mala suerte: lo elegimos nosotros. Muchos huevos por semana, sedentarismo, obesidad, fumamos sin parar, bebemos en exceso, no hacemos deporte, no comemos suficiente verdura, nos masturbamos con demasiada frecuencia, nos lavamos poco los dientes, lo que sea, pero somos culpables. Si hiciéramos caso a la autoridad competente, no nos moriríamos nunca, por supuesto.

Esta ridiculez, en el fondo, no es más que vigilancia, control social e infantilismo provocado: una nueva teocracia medieval administrada por distantes y severos dioses de bata blanca que blanden “un estudio reciente” y “verdades estadísticas” (o sea, mentiras interesadas). No hay mejor forma de doblegar el espíritu que disciplinar los cuerpos, ¿verdad?