El santo pueblo

Soy español, nacido en Madrid, hijo, nieto, bisnieto, tataranieto de españoles, por tanto, por mis venas corre sangre judía y árabe (como por las de todos los españoles, aunque los franquistas nos quisieran convencer de que éramos descendientes puros de visigodos). Mi mezcla de sangres se rebela ante el hostigamiento salvaje que los dirigentes israelíes (los dirigentes, no el pueblo) infligen sobre el pueblo palestino. Los creyentes judíos se merecen (también lo merecemos los descendientes de criptojudíos) que los dirigentes israelíes acepten la decisión clara de su pueblo de vivir en paz, el pueblo de Israel se merece que sus dirigentes no provoquen los ataques terroristas de Hamás. Asesinar niños que juegan en un patio, bombardear almacenes de Naciones Unidas repletas de víveres o disparar contra hospitales son crímenes contra la humanidad, contra Dios, contra Alá, contra Yavé.

JAVIER LACOMBA DE MARURI VALLADOLID

Estoy de acuerdo con sus conclusiones, aunque no con la mayoría de sus premisas. ¿De dónde saca que hay un divorcio entre los dirigentes israelíes y su pueblo? ¿Cuándo han expresado los israelíes esa “decisión clara” a la que se refiere usted? Viendo los resultados de las últimas elecciones, yo pensaría todo lo contrario: que el pueblo israelí apoya sin pestañear a los dirigentes más partidarios de destruir Palestina. Y tanto los creyentes judíos como el pueblo de Israel pienso yo que se merecen los políticos a los que ellos mismos votan.

Tampoco estoy muy seguro de que la idea de limpieza de sangre sea una obsesión típica del franquismo, la verdad. A mi modo de ver (de leer, quiero decir), cobra vigencia a lo largo de la Reconquista, aunque se vuelve insoportable en el Siglo de Oro. A don Francisco de Quevedo, Franco le habría dado arcadas: le habría vomitado por tibio.

Por último, aun a riesgo de parece tonto, debo decir que a mí me preocupan los crímenes contra las personas físicas, no jurídicas, y mucho menos contra las abstracciones. Creo que bombardear a unos niños (o adultos, qué más da) es, sobre todo, un crimen contra esos niños. Un crimen contra Dios, puesto que no creo que ni siquiera exista, se lo perdonaría yo a cualquiera. Si alguien me dijera: le he robado la cartera a Dios, sólo podría felicitarle: ¡bien hecho! En cuanto a los crímenes contra la humanidad, ¿acaso no lo son todos? Ya sabe lo que le ocurrió a Raskolnikov cuando intentó cometer un asesinato venial.