El cepillo de la Iglesia

“Quien tiene a los árboles, ¿para qué necesita a dios?”, decía Pessoa en unos versos. El poeta, ese insigne intérprete de la naturaleza, fue ante todo un panteísta que anteponía esta pasión a cualquier misticismo divino. De estar vivo, sin duda hubiera reaccionado indignado ante el sacrificio que Ruiz-Gallardón le ofrece al cardenal Rouco Varela: 15.000 hectáreas de arbolado en una de las zonas más emblemáticas de Madrid, que privarán a la ciudad de un balón de oxígeno imprescindible. Pues a lo mejor habría que recordarle a Gallardón que vivimos en un Estado laico y que su obligación es anteponer los intereses de los ciudadanos que representa, tanto si son ateos como fervientes católicos o disciplinados budistas. Y los intereses de los madrileños están con los árboles mucho más que con la salvación de sus almas. Esta generosa ofrenda a la Iglesia católica, o a la vanidad del cardenal, según se mire, supone el mayor de los sacrilegios para los que, como el poeta portugués o yo misma, no reconocemos la divinidad fuera de la naturaleza.

ANA CUEVAS PASCUAL ZARAGOZA

No estaría yo nada seguro de que Fernando Pessoa fuera panteísta. Alberto Caeiro (uno de sus heterónimos) sin duda (y quizá sea suyo ese verso que no encuentro ahora mismo). Sí que le tenía mucha ojeriza al Vaticano, pero más bien por las chifladuras particulares de Pessoa que, como usted sabe, era ocultista, místico, cabalista, astrólogo, compinche de Aleister Crowley (la Bestia 666) y otra serie de pamplinas: era sebastianista y monárquico (lea su esotérico libro Mensagem) y creía en una salvación portuguesa a través de un mesías, un “supra-Camoes”. Lo malo es que llegó a insinuar que el “supra-Camoes” no sería otro que él mismo (mira tú por dónde, qué casualidad). En definitiva: que estaba, en determinados aspectos, como una auténtica regadera; aunque también es verdad (y quizá circunstancia atenuante) que le daba sin parar a la frasca, o como decía él mismo, a menudo le pillaban “en flagrante de litro”.

Por lo demás, de acuerdo en todo, si bien a mí me trae un poco al fresco que sea emblemático o un balón de oxígeno, así como los arbolitos. Aunque no lo fuera, ¿por qué tenemos que dárselo a los curas?

Claro que, mírelo de otro modo: si el PSOE de Zapatero y Fernández de la Vega se arrodilla ipso facto ante cualquier sotana y les da lo que pidan, ¿qué iba a hacer el pobre Gallardón? Con menos no cumplía, ¿no le parece?