Crematística

¿Cuántas veces habremos oído la expresión “el fenómeno musical del momento”? Dentro de pocos años, pasará otra vez lo mismo, y las adolescentes no sabrán si Jonas Brothers se escribía con g o con j. Pero no pasa nada, porque surgirá otro grupo igual o mejor que te hará olvidar todo lo que un día querías y alababas, y si no… ¿dónde están todos aquellos ganadores de Operación Triunfo que, de la noche a la mañana, pasaron de héroes a villanos? Los únicos grupos que sobreviven son los que ponen un fajo de billetes para que su disco esté en la lista de éxitos. Me da mucha pena pensar lo que nos estamos perdiendo al escuchar en la radio música dirigida al gusto de las masas que, actualmente, parecen contentarse con cualquier cosa.

 

JUAN MARTÍN LÓPEZ FUENLABRADA (MADRID)

Todo pasa, no hay que alarmarse ni hacer aspavientos. Recuerde el poema que Borges le dedicó “a un poeta menor”: “La meta es el olvido. Yo he llegado antes”.

No sé si las masas se contentan con cualquier cosa “actualmente”. Recuerde el circo romano o las concurridas ejecuciones públicas a las que todavía asistió Baroja. Por otra parte, ¿quiénes son las masas? ¿Los demás siempre? ¿Todo el mundo menos usted y yo? Tampoco sé bien qué es “el gusto de las masas”: ¿tienen un paladar tan basto que prefieren la charanga del tío Honorio a Mozart? Se oye decir que el “buen gusto” no es sólo una cuestión de dinero, que un jeque árabe o Jesús Gil, por mucho dinero que tengan, seguirán llevando esclavas de oro con su nombre. Es decir, en el fondo, lo que nos están diciendo es que los ricos se merecen serlo, porque tienen ese “buen gusto” que no se puede comprar. ¿Usted se lo cree? Yo no: es sólo un poco más caro, lleva un par de generaciones. El “buen gusto” es el último adarve que defiende la fortaleza de los poderosos, para que no se cuelen los intrusos con sus plebeyos placeres.

Como decía Juan Valera (en su cínico y lúcido Un poco de crematística): “El dinero da buen humor, urbanidad y buena crianza”, y a cambio “los pocos inconvenientes que trae, o son fantásticos, o son comunes a toda vida humana”. El más fantástico es sin duda el miedo a ser querido por el dinero y no por uno mismo, pues, como admite Valera, casi a lo Bourdieu: “Lo que yo he gastado en instruirme, pulirme, asearme y atildarme no es más que dinero”. El “buen gusto”, la distinción, frente al “gusto de las masas”, es una cuestión de clase. Sí, pero de clase social.