Mea culpa

Un ciudadano se queja con razón en la prensa del estruendo y, en consecuencia, del sobresalto que producen los asientos abatibles de algunos trenes al cerrarse automáticamente y pide a los usuarios que, para evitarlo, lo frenen con la mano. Pero no se le ocurre pedir a la empresa que también ponga la mano, y solucione el problema de raíz y para siempre colocando unos sencillos tacos de goma. Será un ejemplo que desde ahora pondré en mi clase de sociología para describir a aquellas personas de buena voluntad que se agotan pidiéndonos a todos que seamos buenos, sin preocuparse de mejorar un sistema que tantas veces nos obliga sin necesidad a hacer esfuerzos para continuar siendo correctos con los demás.

 

EUSEBIO FRESNILLO ORTIZ MADRID

Pase lo que pase, la culpa es siempre nuestra. Si nos ponemos enfermos, algo habremos hecho. Si aumenta el paro, será porque no compramos suficientes productos españoles y, claro, destruimos empleo. Así todo.

Pasa hasta con la basura: la gran culpa es de los cubos de los hogares, faltaría más. En nombre nada menos que del planeta, nos piden cuantiosos esfuerzos para clasificarla, pero nos hartamos de ver los contenedores de vidrio rebosantes y abandonados, o situados a enormes distancias de casa o, lo que es peor: cómo luego mezclan sin contemplaciones en un mismo camión lo que hemos clasificado con tanta docilidad como esfuerzo. La separación de desperdicios facilita el reciclaje; o sea, el aprovechamiento de la basura. Ese beneficio económico obtenido mediante nuestro sacrificio, ¿nos lo repercuten con una bajada de impuestos municipales? Qué va, todo lo contrario: si no lo hacemos, nos cascan una multa; pero si lo hacemos, entonces si te he visto, no me acuerdo.

No sé por qué (o sí), al hablar de estas cosas, siempre me acuerdo del rozagante, rubicundo y voluminoso Al Gore, que, desde su humilde mansión, recorre el globo terráqueo en aviones privados y hoteles de lujo para regañar (a cambio de una pasta gansa) con diatribas apocalípticas a la pobre gente que dizque contamina y pone en peligro el futuro de la humanidad porque usa bolsas de plástico y bombillas normales, o porque tira unos cartones junto con una raspa de pescado.