Que corra la sangre

Sentíamos repugnancia por el delito y, ahora que ha salido la sentencia, sólo podemos sentir rabia y decepción. Su castigo se reduce prácticamente a nada: ocho meses de cárcel, que no cumplirá porque carece de antecedentes, y 6.000 euros de indemnización, que no pagará porque se declarará insolvente. Por insultar y golpear a la menor ecuatoriana ha salido de rositas y, además, tuvo sus momentos de gloria en los medios. Presentarse en el juicio con cara de buen chico, pedir perdón y arrepentirse de palabra sólo son recursos para suavizar el castigo, que es lo que ha conseguido. Actuar bajo la influencia del alcohol o las drogas no debería considerarse un atenuante, pues la víctima no tiene la culpa del daño que se ejerce sobre ella ni del estado en el que se encuentre su agresor.

ANTONIO NADAL PERÍA ZARAGOZA

Estoy sobrecogido por tanta violencia y brutalidad (en las cartas). Todos quieren más. Si no hay sangre, sienten “rabia y decepción”. Que los encierren, que “paguen por lo que han hecho”, que sufran, que no salgan “de rositas”. Hay quien pide cadena perpetua y pronto empezaran a pedir ejecuciones públicas en la plaza del pueblo, a ser posible televisadas, para más ejemplaridad.

He visto insultar y golpear en la calle muchas veces, por motivos idiotas (y hasta sin ellos), desde discusiones de tráfico a charlas de barra de bar (y puede que, en mi disipada juventud, algún guantazo se me haya escapado o haya recibido); lo que jamás he visto (ni exigido, por amor de Dios) es que nadie vaya a la cárcel por darle tres patadas a otro. ¿Quiere que los acusados vayan a juicio con cadenas y uniforme de malhechores, para que el juez no caiga en la tentación de considerarlos seres humanos? ¿No le gustan las atenuantes que establece el Código Penal? Pues nada, hombre, solicite una reforma; pero de momento, esto es lo que hay.

A mí lo que me asusta es que todo castigo les parezca poco. ¿Qué les ocurre a todos ustedes? Su violencia es simétrica, refleja como un espejo la violencia misma que pretenden castigar. Empiezo a pensar que la agresividad del chaval y la de los que piden su cabeza tienen una raíz común. A mi modo de ver, la ira de unos y otros es pariente cercana.