Sólo lo normal

Acostumbrado a que la realidad se pueda expresar en dos palabras, la siguiente afirmación de Soledad Puertas, madre de Andrés y Javier Mariscal, me fascina: “Yo soy católica, pero normal”. Con qué sencillez expresa: A) que ser católico y normal no son lo mismo y B) que no son incompatibles. No soy de ninguna asociación que propugne ideología alguna, pero me alegro de que haya personas que, sintiéndose parte de una comunidad (la católica, por ejemplo), disfruten de las ventajas de una sociedad secularizada y plural (para mí no totalmente). Y, aunque no me incumba, espero que los Rouco, Ratzinger y demás jerarcas católicos reflexionen sobre por qué hacen legión quienes “son católicos, pero normales”.

MANUEL MÉRIDA FERNÁNDEZ OVIEDO

No es para menos, es fascinante. Me recuerda aquello de Quevedo: “Ella es verdad que es vieja, pero fea”. Ahí van otras tres interpretaciones. Una, que, en efecto, ser católico es una excentricidad, gracias a la propia Iglesia y al Papa. Esta señora lo sabe y se apresura a explicar que, aunque católica, no está del todo como una regadera, es decir: no cree que los condones aumenten el peligro de sida, ni que haya que cerrar una capilla de barrio si se comprueba que comulgan con pan Bimbo, ni que una simple asignatura induzca a los más pequeños a la sodomía a gran escala, ni se va a poner a enseñar fotos de fetos, etc.

Dos: cuentan que Borges estaba un día citando algo del sánscrito. Un oyente, embelesado, le pregunta babeante: “Maestro, ¿sabe usted sánscrito?”. Impávido, porteño al cien por cien, responde: “Esteeee…yo sé no más el sánscrito que sabe todo el mundo, che”. Formidable, ¿verdad? Mi marido me pega lo normal. Pues lo mismo: está señora es católica, pero sólo lo normal, igual de católica que todo el mundo, o sea: casi nada. Equivale al “sánscrito que sabe todo el mundo”: bautizar a los niños, celebrar primeras comuniones, poner esquelas y poco más.

La tercera (y más delirante) es que la Iglesia esté en lo cierto: este laicismo fundamentalista la persigue y la escarnece; hasta el punto de que el católico tiene que disculparse, porque, si dice “soy católico”, la emprenden a sopapos con él acto continuo, motejándole de anormal.