Periodismo sano

Se nota en el ambiente una falta de formación en la trascendencia, fruto de este relativismo fundamentalista que nos está invadiendo. Lo he palpado también ante la muerte de alguien querido. Se ofrece ayuda psicológica, un montón de palabritas, muchas flores y otros especímenes edulcorantes, que es como envolver la pena en papel de celofán. Todo políticamente correcto. Pienso que la auténtica ayuda es saber que el misterio del más allá no es un vacío, sino una plenitud. Por favor, que en los momentos duros alguien nos lo recuerde.

ENRICA COLOM BATLLE BARCELONA

Pues cambie usted de ambiente. En los bares a los que yo voy no se nota nada y trascendemos sin parar: casi no hacemos otra cosa a partir del tercer whisky. Por otra parte, esto parecen los inventos del TBO que hacía el profesor Franz (de Copenhague). El Gobierno nos suelta la “declaración unilateral de independencia”. Y ahora Benito, el Gran Inquisidor, uno de los papas más reaccionarios de la historia reciente, se inventa lo del “relativismo fundamentalista”. ¿Dan algún premio al oxímoron más delirante? Porque ya ha superado el récord de “inteligencia militar” y “El Pensamiento Navarro”. El fundamentalismo (como el del Papa) es, por definición, lo opuesto de una posición relativista: eso lo sabe todo el mundo.

La alarma que avisa de fraude neuronal y ausencia de vida inteligente es el uso de esos chascarrillos vacíos, retumbantes y contrarios al recto sentido común: independencia unilateral, relativismo fundamentalista, democracia orgánica, sindicato vertical, etc. O el que más repelencia me inspira: “laicismo sano”. Sólo de escribirlo me entra una arcada repentina. Los curas siempre han hablado así, con su habitual tolerancia: todo lo que ellos no aprueban será que es enfermizo. A los jóvenes nos proponían “diversiones sanas”: es decir, un solemne aburrimiento. A las parejas, “sexualidad sana”: o sea, quedarnos con las ganas.

Hay estudios gramaticales que lo demuestran: el uso sacerdotal del adjetivo sano siempre implica la negación del sustantivo. El laicismo, si es sano, no es laicismo, sino convertir al país en un dócil rebaño de chupacirios. Y un relativismo sano no sería más que el fundamentalismo católico de toda la vida.