Estrabón en la tele

En una entrevista, Irvine Welsh manifestaba que los concursantes de televisión comparten el mismo valor que los asesinos en serie: darse a conocer. Son gente desesperada por hacerse famosa, aunque eso conlleve una humillación personal, una cultura del exhibicionismo, que es fruto de algún desorden, decía. Y ahí está la sociedad, espectadora del circo-espectáculo al que se apunta la pequeña pantalla (pública, además). Luego dirán que programan lo que la gente quiere ver, como si dejar de hacer ‘telebasura’ y apostar por la calidad bajara la audiencia. Hay demasiado morbo, pero es que nos lo inculcan los medios.

DANIEL MADRID

Hay gente que quiere darse a conocer, alcanzar la fama, cueste lo que cueste. Según Welsh,
los concursantes de la tele y los asesinos comparten valores porque “buscan el darse a conocer”. Ajá. Recibido, Welsh. Como los escritores, por ejemplo. Como Irvine Welsh o yo, sin ir más lejos. Como los que escriben cartas a los periódicos. Como los directores de cine y los bailarines de ballet. ¿Así que hay algo extraño, un desorden, que provoca esta “cultura del exhibicionismo”?

Será extraño, pero también es muy antiguo. Tanto, que me pregunto qué rayos tendrá que ver la tele. Como sabe, Eróstrato provocó el incendio del templo de Artemisa, en Éfeso, una de las siete maravillas del mundo; y lo hizo sólo para alcanzar la fama, como los asesinos en serie o los concursantes. De inmediato se prohibió escribir su nombre, para que no consiguiera su propósito. En aquella época (siglos antes de Cristo) no había tele, hasta que llegó Estrabón (un profesional de los medios), que se puso a difundir la noticia. Creo que dijo, muy serio, que él se limitaba a “cumplir con su deber informativo”, como cualquier Nieves Herrero con clámide.

La culpa será de Estrabón, de la tele, de los videojuegos, de Internet, o quizá de novelas como Trainspotting,
¿por qué no? A veces he llegado a pensar que esta clase de análisis superficial y retumbante, echando mano de la tele o (pongamos) de la “cultura del envase plastificado”, no tiene otro propósito que el de distraer la atención, para impedir que apaguemos la tele y pensemos de verdad.