Pacto de no agresión

Dicen que los ajenos a la religión deberían trabajar en Semana Santa, Navidad, Reyes, y demás fiestas litúrgicas. Esta Semana no puede reducirse a unas mini-vacaciones, sino que su objetivo es dar al hombre un respiradero hacia lo sobrenatural y situarle en la realidad de las cosas como hijo de Dios y, por tanto, heredero de su Paraíso. No empequeñezcamos nuestro destino terreno y eterno: debe realmente merecer la pena si todo un Dios se exilió para vivir a nuestro lado y enseñarnos el camino del Cielo. Y si finalmente caemos en la tentación de apuntarnos a una oferta viajera de última hora, que no sea para dejar en el olvido que Dios, en estos días, morirá en una cruz para salvarnos del infierno.

CLARA JIMÉNEZ MURCIA

Creo que no es así: este Estado es laico y las fiestas son días no laborables, nada más. Coinciden con celebraciones religiosas para facilitarles las cosas a ustedes, que deberían agradecerlo. Mientras ustedes se sitúan en su realidad como herederos de un paraíso, los ateos disfrutamos de las vacaciones (los que las tengan, no es mi caso) según nuestras inclinaciones particulares. A mí no me molestan sus ayunos, penitencias, procesiones y misas cantadas (o me aguanto), pero ustedes son incorregibles: que los demás no creamos en Dios les provoca una inseguridad insoportable. Parece que, como comprueban que no nos fulmina en el acto un rayo divino, les entran dudas sobre su propia fe.

Crea usted en Dios (o en Manitú, a mí qué más me da), sálvese del infierno, arrodíllese ante un crucificado; pero deje de dar la lata a los demás, como esos niños mimados que no saben divertirse solos y obligan a los mayores a jugar con ellos a la oca. Pierda cuidado, no corre ningún peligro: yo no voy a intentar convencerla de que, en lugar de ir a misa, se venga conmigo a tomar un whisky.

Impermeable a lo sobrenatural, me quedo con los sentidos y me reduzco a las mini-vacaciones. Como dijo el apóstol: “Caro concupiscit adversus spiritum” (Gal. 5,17), la carne desea lo contrario que el espíritu. Usted ore, ayune o flagélese muy a su sabor, que no la interrumpiré. A mí déjeme en paz, que iré al infierno de cabeza, pero satisfecho.