Haber, hayla

Siempre intento poner título a cualquier episodio de mi vida. Terminaba la Semana Santa y buscaba un buen titular. Recordaba que tuve que ir de vacaciones en coche por falta de plazas en tren. Que el atasco me permitió intentar localizar por teléfono a algunos amigos. Infructuosa empresa. La larga hora de espera para encontrar mesa no me hizo desistir de disfrutar de unas buenas vacaciones. Y, ya de vuelta, coincido en el atasco con los que han sido compañeros de fatigas en el ocio y el asueto, y busco la frase que ponga un digno título a mi avatar. La tengo y es elegida por mayoría: “Y luego dicen que hay crisis”.

ANTONIO PAMOS MADRID

Nunca hay billetes de tren: la tontería del AVE ha finiquitado al resto de la red ferroviaria. Vaya en autobús: es incómodo, pero educativo. Y multicultural: abundan los inmigrantes. Ya sólo viajamos en autobús los peatones pusilánimes, los tercera-edad, pandillas juveniles que van de acampada y auténticos pobres que, para no tener vehículo propio, deben de serlo de solemnidad. No falta el niño que amenaza con vomitar, la calefacción desbocada (las ventanas ya no se pueden abrir), la
exhibición de bocadillos acompañada del inevitable “¿usted gusta?” y el abuelo que sigue el partido en un transistor como si recibiera por radio instrucciones secretas de la CIA. ¿Que no hay crisis? Coja un autobús de línea y luego hablamos.

Que los restaurantes, carreteras y horchaterías estén repletos es signo de crisis, me parece a mí. La confianza en la economía promueve el ahorro y la inversión. Si todo va bien, la gente hace planes para comprar un coche o un piso, o para hacer una reforma en el baño. Cuando, de todas formas, no vas a conseguir ahorrar ni para pipas, mejor fundirse la calderilla en cañas y que te quiten lo bailado. Son los gastos corrientes los que se disparan en las crisis, porque cualquier otro gasto está ya fuera de nuestro alcance.

La economía fiduciaria, como su propio nombre indica, se fundamenta en la fe, en la confianza. Cuando alguien pierde la fe en el paraíso y el temor al infierno, por qué no pecar: ¿vas a dejar de irte de vacaciones, si de todas formas no vas a lograr llegar a fin de mes ni cambiar de casa?