Lengua sin manos

Los estudios periódicos llevados a cabo para medir la formación de los estudiantes ponen de manifiesto la preocupación por elevar el nivel de conocimientos y capacidades de la sociedad, pero ¿la enseñanza pone el acento en la dirección correcta?, ¿hay materias desatendidas o infravaloradas? La ideal asociación de calidad de vida y triunfo social del individuo con la capacidad de compra y ostentación produce entre la población ingentes sentimientos de insatisfacción, desgracia o fracaso y estimula comportamientos antisociales como la corrupción, la evasión fiscal, la explotación de las personas, etc. Es necesario que una asignatura como Educación para la Ciudadanía adquiera igual o mayor grado de relevancia que cualquiera de las consideradas imprescindibles.

ALEJANDRO A. PRIETO ORVIZ GIJÓN (ASTURIAS)

Los niños no sólo aprenden lo que les enseñamos, sino también lo que les ocultamos (y en general lo que les da la gana). En la escuela se transmiten conocimientos. Aquí, poquísimos, es verdad: según el último informe PISA, España ocupa el último lugar en Ciencia entre los 30 países de la
OCDE. En cambio, la educación dudo mucho que dependa de una asignatura, porque los niños aprenden lo que viven (como decía Tagore), lo que ven, no lo que les decimos. Por mucha homilía que les suelten en clase, en cuanto salen al patio ven otra cosa: a menudo les basta con mirar a sus padres.

Les endosamos milongas sobre la solidaridad, la tolerancia y la igualdad. Mientras tanto, nos dedicamos a construir una sociedad basada en el egoísmo, la insolidaridad, la ambición, el culto al triunfo, la adoración hacia el poder, el desprecio a la fealdad, la debilidad o la pobreza. ¿Acaso pensamos que son imbéciles?¿Que nos oyen predicar, pero no nos ven tal y como somos?¿Que se van a tragar la propaganda cruda?

Lamento no estar de acuerdo con usted: para mí el problema no es cambiar una asignatura, sino transformar la realidad. No se trata de enseñarles otra cosa en clase, sino de vivir de otra forma todo el día. Lo demás son pamplinas y, si alguien hay a quien no se le engañe con pamplinas, es a los niños. Menudos son.