Bajo la alfombra

Debemos ser idiotas. Esa es la conclusión a la que llego con la nueva idea que han tenido allá arriba los iluminados de la UE. Deben pensar que aquí abajo los ciudadanos somos muy tontos, cuando hablan de cambiarle el nombre a la gripe porcina por “nueva gripe” para que no dejemos de comer cerdo. Dicen que comer cerdo no entraña ningún peligro. Supongo que pensarán que no nos vamos a fiar, pero que, sin embargo, cambiando sutilmente el nombre de la enfermedad, ¡tachán!, se nos olvidará el origen de la enfermedad y seguiremos comiendo lomo, jamón y panceta. Nueva gripe, una nueva expresión que sumar al nuevo diccionario, en el que ya encontramos la flexibilización laboral o el crecimiento y la inflación negativa.

ADRIÁN CABALLERO CASTILLEJO MADRID

Imagino que cuando dice “allá arriba” no se refiere al norte, sino a ese pináculo (o tal vez sea una cucaña) en el que están encaramados los chupatintas de la UE: siempre por encima de nosotros, el “vulgo municipal y espeso”.

Con todo, no creo que piensen que “los ciudadanos somos muy tontos” (aunque tal vez acertarían). Me temo que están convencidos de que la verdadera idiota es la realidad. Y sobre todo les resulta muy incómoda. Por eso intentan evitarla: la mantienen al otro lado de la ventanilla del coche oficial. Los testarudos hechos, sin embargo, a veces se atraviesan en el camino. No hay problema, porque son como el clásico pelmazo: molestos, pero con la docilidad de los auténticos tontos. Se les manda a comprar tabaco y asunto concluido. O todavía más fácil: se les cambia el nombre y dejan de dar la lata. ¿La gripe puede perjudicar intereses económicos? Pues no la llamamos porcina y tan campantes.

¿Habrá cosa más sencilla que llamar a la pobreza desaceleración? ¿Un mercado laboral salvaje y sombrío? ¡Ay va lo que ha dicho!: pero si sólo es más flexible, que suena como si fuera más cómodo, igual que los colchones con muelles. Esos tipos no se dejan amedrentar como nosotros, los pobres de espíritu; ellos tienen una poderosa fuente de energía bíblica: esas solemnes palabras con las que crean la realidad. O por lo menos la esconden debajo de la alfombra.