La biodiversidad

La turbación y ofensa moral sentida por el obispo más viejo del mundo, de 103 años, debido al contenido de la película ‘Ángeles y demonios’ le ha llevado a poner una denuncia en el juzgado e invita al resto de los obispos del planeta a hacer lo mismo. Este señor considera que el film es denigrante, difamatorio, ofensivo para los valores de la Iglesia y un potente desequilibrador psicofísico de los menores. Cuando, desde la Iglesia, se niegan o cuestionan métodos y revelaciones científicas, como, por ejemplo, la eficacia de los preservativos en la prevención del contagio del sida o la teoría del origen y evolución de las especies, ¿tendrían que acudir las autoridades de los Estados laicos o aconfesionales a interponer denuncias por el daño o confusión que esto puede causar entre la población?

ALEJANDRO A. PRIETO ORVIZ (GIJÓN)

A este obispo, ¿no le pagará la productora de la película? Lo digo porque a mí, que me interesa un rábano, me entran ganas de ver “un potente desequilibrador piscofísico de los menores”. ¡Más potente incluso que la clase de Religión! En cuanto a su pregunta, yo diría que no.

Los cerebros de los meapilas funcionan de una manera sorprendente: se conceden un derecho ilimitado a llamarse a agravio, a darse por ofendidos. Yo, por más que me llame a agravio, son llamadas perdidas: nadie coge. Para eso, creo yo, hay que estar turuleta: es como si a mí me pareciera denigrante, ofensivo, etc. que haya películas como Ben-Hur o La túnica sagrada; folletos como Camino; seres humanos como el Papa. El derecho de otro a escribir Camino debe prevalecer siempre sobre mi supuesto derecho a sentirme ofendido por semejante detritus mental. A este paso, alguien va a sentirse ofendido porque uno sea calvo o porque estornude demasiado.

De la misma forma, el peculiar cerebro meapilas define “libertad de expresión” como la que sólo ellos tienen para decir cualquier sandez sin que nadie les lleve la contraria. Si manifiestas tu rechazo, ¡agredes su libertad de expresión, tío intolerante! No me diga que, por lo menos, no son pintorescos: habrá que protegerlos, para garantizar la biodiversidad
encefálica.