Menos «appeasement»

En estos días seguramente muchos padres que en otro tiempo regalaron a sus hijos un animal doméstico, están pensando en la forma de deshacerse de él. Al mismo tiempo, buscan una excusa que contarle a sus hijos para justificar que su compañero de aventuras; se ha ido al cielo, se lo ha llevado su mamá o se ha ido a por tabaco. Ya que algunos adultos no ejercen como tales, quizá sería buena idea promover una campaña dirigida a los niños que mañana serán adultos,  para que sean ellos los que puedan evitar el abandono de su mejor amigo.

IGNACIO CABALLERO BOTICA. MADRID

Sí, de acuerdo, pero ¿no sería mejor empezar por el principio? Quiero decir: ¿no sería mejor que, para empezar, no le hubieran comprado al niño ese “mejor amigo”? Me parece que un adulto que “ejerce como tal” tiene que ser capaz de decirle que no a un niño. Sé que esto es pedir peras al olmo, tal y como está el patio. A veces le doy a mi hija una negativa y, ante el inevitable “¿por qué?” infantil, respondo: porque lo digo yo. Asunto concluido. No se imagina el asombro de los demás padres, esos que todo lo “razonan” con sus hijos, hasta que acaban comprándoles el puñetero perrito: lo que sea con tal de que se callen.

Si de mí dependiera (aunque, por suerte para todos, no es el caso), Walt Disney sería juzgado por crímenes contra la humanidad. Y no sería un juicio justo, ya lo advierto: se le condenaría seguro. Las pelis en las que un perro rescata a un niño del fuego, o impide un divorcio, tendrían pena de cárcel. Y, para proteger de verdad a los animales, quedaría prohibida la aparición en pantalla de cualesquiera mascotas, salvo invertebrados, y sólo si caben en un bolsillo. Si el crío quiere correr fabulosas aventuras con su inseparable lombriz, ¡allá él y su simpática mejor amiga!

Tal vez así se aliviaría algo el sufrimiento de los rehenes, esos padres conciliadores, que son como esos dálmatas de la bandeja de atrás del coche: siempre acaban moviendo la cabeza para decir que sí y ceden a cualquier capricho de los diminutos déspotas. Son los mismos partidarios del diálogo y la “pacificación” que le entregaron los Sudetes a Hitler.