Los consternados

He pasado toda mi vida buscando mi lugar en multitud de aspectos, pero en el que más me consterna no encontrarlo es en el momento de ocupar mi tiempo de ocio. Envidio a ese tipo que práctica senderismo y todas sus horas libres giran en torno a ello; o a ese al que solo le apasiona leer sobre filosofía, en concreto a Schopenhauer. En cambio yo no doy a basto a satisfacer todas mis aficiones. Me encanta practicar todo tipo de deportes; pero los mejores ratos de mi existencia los paso en soledad frente a un libro; aunque disfruto cuando voy de copas con los amigos; y escuchando música; viendo cine, series y teatro; visitando museos, iglesias y pueblos; practicando sexo; jugando a videojuegos; paseando por la naturaleza… ¿No tenemos una oferta de ocio demasiado amplia e interesante para el poco tiempo del que disponemos? 

PEDRO GARCÍA GIMÉNEZ. MURCIA 

No se imagina cómo le comprendo. Qué no habría dado yo por ser absorbido, abducido, capturado por una exigente pasión que consumiera mi tiempo y diera forma a mi personalidad. Podría haber sido filatélico, coleccionista de miniaturas o erudito local, el que lo sabe todo sobre los apellidos en la comarca del Matarraña, pongamos. Ah, qué hombre de carácter sería yo. Pediría el café siempre en vaso, corto de café y con leche templada; y jamás lo aceptaría de otro modo: ¡conmigo no se juega!  

Si le enseñara el altillo del armario de mi infancia, me entendería de inmediato: es una fosa común. Allí está arrumbado el microscopio, cadáver del científico que no tuve la paciencia de llegar a ser. También es sepultura de mi colección de mariposas: ¡otro naturalista perdido para la humanidad! En ese nicho, junto al kimono de judoka, yacen criando malvas las gafas de buceo y el submarinista que murió con ellas tras la primera inmersión.  

No somos de una pieza, amigo, y nos consterna: somos caleidoscópicos, basta con que demos una vuelta para transformarnos en otra figura diferente (aunque formada por las mismas baratijas). Nos resignamos al café tal y como venga,  elegimos la ropa como si nos hubiéramos vestido con la luz apagada. Así nos va. Ya lo ve, nos falta fe.