¿Uno o dos tópicos?

Esto es un aldeano que se viene a la ciudad y… je, je, je.  Quién no ha escuchado chistes o anuncios publicitarios en los que se caricaturiza a las personas que trabajan y viven en pueblos o aldeas, resaltando aspectos asociados a la ordinariez, la basteza o la ignorancia. ¡Claro!, en la ciudad estamos por encima, aquí reside el glamour, el refinamiento, la inteligencia o el trabajo de alto valor añadido. Pero hay un pequeño matiz que a los elevados nos pasa desapercibido: la mala costumbre que tenemos de comer todos los días. Y es que, ni son los perfumes, trajes o vestidos elegantes, ni el refinamiento en las formas, ni los másters y tampoco los chips, lo que ingerimos diariamente para saciar el hambre y hacer posible que  nuestra engalanada estupidez siga adelante. 

ALEJANDRO A. PRIETO ORVIZ. GIJÓN (ASTURIAS) 

Pues sí, es un asunto muy manoseado. Vieja es la soberbia urbana, pero no menos antigüedad tiene el topos, el lugar común, del “menosprecio de corte y alabanza de aldea”, y ha gozado de tan buena fortuna que no es un disparate afirmar que todo autor que se respete ha incurrido en él, aunque sólo sea para hacer dedos y afilar la péndola.  

A mí, qué le vamos a hacer, los tópicos me interesan mucho. “Créer un poncif, c’est le génie”, apuntó Baudelaire en su diario: crear un tópico, una vulgaridad, eso es el genio. A veces pienso que la razón es que el conocimiento es imposible. Toda idea nueva nos pasa inadvertida. Sólo reconocemos en una idea cuando creemos que a nosotros ya se nos había ocurrido antes. Para transmitir una idea, hay que persuadir al otro de que ya lo había pensado él. Más que conocer, reconocemos. O medio platónicos, sólo recordamos… lo que nos parece que ya habíamos pensado por nuestra cuenta. 

Por tanto, el verdadero genio debe ser capaz de crear un tópico, de inventar algo nuevo, pero que todo el mundo piense que ya lo sabía. La superioridad de la ciudad o la del pueblo son dos tópicos. A mí me ilusiona creer que un solo genio creó los dos, que existió alguien capaz de inventar, no ya un “poncif”, sino también el opuesto. Sería como tener Ariel y Dixan a la vez, o Ikea y el Corte Inglés.