¡Al agua patos!

Época de terracitas y de cafés con hielo, de excursiones por la montaña y viajes exóticos, de playas y de piscinas, pero que en definitiva se nos va pasando, al igual que el resto de las estaciones, a toda velocidad. Llegan las vacaciones y disponemos de tiempo para el ocio y la diversión, huyendo de la rutina del resto del año así como liberándonos de nuestras obligaciones. También, y según la respetable opinión de los expertos en el tema, es el tiempo propicio para introducir cambios en nuestras vidas. Qué interesante podría ser que tratáramos de aprovechar estos meses veraniegos de reposo y calma para serenar los ánimos y, de paso, aclarar nuestras ideas. Como dice el refrán: nunca es tarde si la dicha es buena. 

MAR RAMOS. ZARAGOZA 

No sé quiénes serán esos “expertos en el tema”. ¿Ya hay peritos en las consecuencias de las vacaciones? ¿Con opiniones respetables? Primera noticia. Creo que los cambios hay que introducirlos en el contexto de la vida diaria: planear en la hamaca cambios para cuando volvamos al andamio me parece como aprender a nadar fuera del agua. Pero doctores tiene la Iglesia. 

Por lo que yo sé, la consecuencia más habitual de las vacaciones suele ser el divorcio (aumentan mucho en septiembre, al volver del verano). En cuanto decidimos “aclarar nuestras ideas”, dejamos plantada a la pareja. Es natural, la convivencia se sostiene gracias a que no nos vemos el pelo: siempre tenemos trabajo o ponen un partido por la tele o hay que comprarle unas deportivas a los niños. El amor es un malentendido que no queremos deshacer. Escribió Constantino Bértolo: “yo no soy como te quiero”. Sólo logramos seguir queriéndonos mientras ninguno descubra cómo es de verdad el otro.  Por eso, en verano, todo lo contrario: inventémonos otras rutinas, improvisemos obligaciones, ocupemos el tiempo… ¡y crucemos los dedos! Que no nos acerquemos tanto como para conocernos del todo, que nadie nos aclare las ideas ni este malentendido voluntario que nos hace tan felices, que podamos volver a los días laborables juntos y seguir queriéndonos así: a ojos cerrados, como quien se tira al agua de cabeza.